EL PALACIO DE LOS MARQUESES DE VELADA.
RESIDENCIA Y CORTE ENTRE LOS SIGLOS XVI Y XIX
Resulta innegable la importancia tanto histórica
como arquitectónica del palacio que superada la
mitad del siglo XVI se construyó a su capricho
el que fuera segundo Marqués de la villa de Velada,
don Gómez Dávila y Toledo.
El edificio es uno de los pocos ejemplos de residencia
nobiliaria rústica que aún quedan en pie
en esta zona de Castilla-La Mancha. Han transcurrido más
de cuatro siglos desde que comenzaran a levantarse sus
paredes, desde que se elevaran tabiques, bóvedas
y techumbres, desde que se plantaran árboles frutales
y plantas ornamentales y desde que se dotara a sus jardines
de fuentes y un espléndido estanque, pero aún
perdura la huella de aquel efímero esplendor.
Cuando Gómez Dávila, celebrado
trazador entre sus amistades cortesanas, decidió
levantar una nueva casa intentaba no sólo dignificar
la presencia del titular del marquesado en la villa cabecera
de sus estados, sino construir un lugar que reflejara
sus particulares gustos arquitectónicos y que ofreciera
comodidad y descanso a sus futuros moradores. Su modelo
es el adoptado por una parte de la nobleza, en especial
la cortesana, que acudía a la soledad del campo
para sanar de su melancolía palaciega, habitual
«enfermedad» que acostumbraban a padecer los
que se distinguían por sus responsabilidades de
gobierno y palatinas. Podría decirse que tales
modas eran de influencia italiana. Aquellas célebres
villas de la Toscana sirvieron de referente para que los
aristócratas castellanos trasladaran a sus estados
tales gustos arquitectónicos. Con la salvedad de
algunos casos bien conocidos – El Bosque de los
Duques de Béjar en Salamanca [en proceso
de recuperación] o La Abadía del Duque
de Alba en Cáceres- la mayoría
de estas residencias campestres, quintas, villas de recreo,
alcanzaron características propias que hicieron
que fueran conocidas por otros nombres según el
lugar donde se hallaran enclavadas. Así eran afamadas
las huertas de Madrid, los cigarrales de Toledo o los
cármenes de Granada. Estas casas estaban pensadas
para el disfrute y el deleite y se situaban en lugares
alejados de núcleos de población –en
el campo- o en ciudades y villas pero delimitadas por
amplios muros. Predominaba la comodidad y simplicidad
de sus líneas arquitectónicas sobre cualquier
otro tipo de consideración artística aunque
solía acudirse al juicio de maestros de reconocida
autoridad. Además se rodeaban de un entorno natural
bello y en el caso de no haberlo se procuraba mediante
la plantación de plantas y algunas especies de
árboles, siendo las más significadas los
frutales. Igualmente se dotaban de juegos de agua, fuentes
que contribuían a refrescar el ambiente en el verano,
y estanques y pequeñas rías diseñadas
para cortos paseos en barca. Todo este ambiente propiciaba
la lectura, la reflexión y otras aficiones como
la caza o la volatería, a la que eran tan aficionados
los nobles.
El caso del palacio de Velada es bien relevante
por cuanto asume las funciones de residencia nobiliaria
al tiempo que su situación espacial en la propia
villa lo convierte en casa de campo alejada lo suficiente
del caserío modesto. Una imagen bien fiel, y no
aventuramos mucho, es la de la villa medicea L´Ambrogiana,
que pintara en uno de los lunetos Justo Utens en 1598
para la Comune de Florencia. También recuerda a
la casa de campo que se construyó en tiempos de
Felipe IIel embajador imperial
Khevenhüller en Arganda del Rey, obra de
Patricio Cajés, y de la que hoy
se conserva el edificio principal, muy transformado, como
Archivo Municipal.
El estilo arquitectónico fue cambiando la fisonomía
del palacio a lo largo de los siglos y apenas se reconocen
los rasgos de lo que pudo ser la residencia original que
allá por la década de 1560 se construyó
el Marqués Gómez Dávila.
Sin embargo, en esta superposición de estilos e
influencias radica la singularidad de este palacio rural.
En ningún caso podría asimilarse con la
tipología de la casa castellana de esta zona de
la comarca de Talavera porque en su estructura original,
como puede hoy verse, disponía de dos grandes torres
angulares que enmarcaban una fachada que aún llama
la atención por la originalidad de sus óculos
y la disposición de sus vanos. Aquellas torres
con altas azoteas eran un elemento repetido en la estructura
de muchos palacios. Hoy pueden verse en el palacio del
cardenal Diego de Espinosa en Martín
Muñoz de las Posadas (Ávila), en el de los
Condes de Fuensalida o en el palacio
del Duque de Lerma (Burgos), este último
reciente parador nacional de turismo.
Si bien fue el propio Marqués quien diseñó
su residencia, sus relaciones con los arquitectos Juan
de Herrera y Francisco de Mora podrían
haber permitido que la mano de ambos maestros revisara
las trazas finales del edificio. El conquense Mora sería
el encargado de rehacer la fachada principal del próximo
convento franciscano de San Antonio de Padua, y su aparejador
mayor Francisco de Cuevas fue el que
diseñó el amplio cercado que rodeaba los
jardines y del que todavía pueden descubrirse algunos
restos. El modelo de estanque, hoy desaparecido desgraciadamente,
fue trasladado por el cuñado del Marqués,
don Pedro de Toledo Marqués de Villafranca,
a su castillo-palacio de Villafranca del Bierzo. Lo mismo
ocurriría con la rica azulejería, también
arruinada, que adornaba buena parte de las estancias del
palacio, en especial el llamado «camarín
de los azulejos» que fue oratorio y biblioteca durante
cerca de tres siglos.
La impronta que fueron aportando al edificio los siguientes
titulares de la Casa de Velada osciló entre la
ausencia de arreglos durante buena parte del siglo XVII
hasta la adopción de modelos más franceses
mediado el Setecientos cuando se llevan a cabo nuevas
obras para restaurar techumbres, estancias y los jardines.
El palacio y sus jardines fueron muy celebrados ya desde
el siglo XVI como afirmaban las Relaciones Topográficas
de Felipe II (c. 1578). Entonces eran
dos los jardines, el Viejo y el Nuevo. El primero era
pequeño y se conservaba desde el sigo XV cuando
se construyera el anterior palacio, de piedra de cantería,
del que apenas quedan restos. Aquellos jardines se ampliaban
con el llamado Bosque, habitual cazadero de los Marqueses,
y una dehesa. Posteriormente en el siglo XVIII parte de
los jardines adoptaron el nombre de Parque y se restauraron
dando forma con los setos recortados a los escudos de
la Casa de Velada y Astorga.
La residencia comenzó a cambiar en el siglo XVIII.
Es probable que ya para entonces se hubiera edificado
la única ampliación que llegó a levantarse,
un ala de tres plantas en donde dar cobijo a la numerosa
servidumbre de la Casa. Aquella estructura acogía
los principales servicios domésticos del palacio
y se abría a un pequeño patio interior.
Allí estaban la Repostería, la Bodega, la
Panera o la Casa del Fontanero.
Existe una única imagen del palacio, un cuadro
de comienzos del siglo XVIII, que es a todas luces el
de Velada, y que evoca una imagen perdida de una fastuosa
residencia de campo –salvando las licencias del
pintor, anónimo- en la que se ve un edificio enmarcado
entre dos torres, con ventanas enmarcadas en bellos dinteles
de piedra labrada y buhardillas, muy del estilo francés,
y rodeado de amplios jardines, de un cazadero y de un
pequeño coso para ejercitar la equitación.
Puede adivinarse a lo lejos el convento franciscano y
se perfila en su lado este el antiguo palacio medieval.
Esta imagen, sin duda valiosa, permite imaginar la arquitectura
del palacio, muy afrancesada, lejos, por supuesto, de
cualquier modelo arquitectónico español
de la zona.
Quizá por todo ello fuera el lugar elegido por
el Infante don Luis Antonio de Borbón y
Farnesio en 1776 para retirarse con su mujer
doña María Teresa de Vallábriga.
Conociendo los gustos y el refinamiento del Infante resultaría
difícil imaginarle viviendo en una residencia de
estructura tosca y rústica. Ya para entonces los
ya Condes de Altamira, Marqueses de Astorga y
Velada, habían hecho obras en el edificio
para ofrecérselo a don Luis por
el tiempo que estimase oportuno establecerse en él.
Y parece que fue bien largo después del recibimiento
que dispensaron a la pareja en Cadalso de los Vidrios.
En el palacio de Velada nacerían sus dos
hijas, la futura María Teresa Condesa de
Chinchón (1780), desgraciada esposa de
Manuel de Godoy, y la Duquesa
de San Fernando (1783).
Durante los años que vivió el Infante en
Velada, mientras se edificaba sus residencia de Arenas
de San Pedro, que nunca llegaría a ver concluída,
encontró en la villa el lugar idóneo para
sus aficiones culturales y cinegéticas. Dispuso
a su antojo de la gran biblioteca que los Condes de Altamira
albergaban en el convento de San Antonio. Igualmente tuvo
afamada yeguada con la que entretenía su tiempo.
Es más que probable que allí viviera el
compositor Luigi Boccherini y su familia, al servicio
del Infante y quien sabe si el mismo Goya
cuyo retrato de la familia Borbón-Vallábriga
–hoy en Parma- bien pudo pintarse en alguna estancia
del palacio.
Cuando murió don Luis en 1785, su viuda y sus hijos
alternarían sus estancias entre Velada y Arenas
hasta que despojada de sus hijos por Carlos III,
solicitó licencia para regresar a Velada en donde
permanecería hasta su marcha a Zaragoza.
Tras la desaparición de la familia del Infante,
el palacio volvió a ser ocupado por sus propietarios,
los Condes de Altamira. Apenas quince
años más tarde, en 1803, recibirían
el honor de alojar por unos días a Carlos
IV y su familia. Empeñado Carlos
IV en acudir a la que fuera morada de su tío,
desoyó las recomendaciones de sus principales oficiales
que desaconsejaron el viaje por lo entrado del invierno
y los incómodos caminos, acudió a Velada
y de allí se volvió a Madrid, visitando
antes Talavera de la Reina y Toledo.
El palacio tuvo que acoger no sólo al Rey
y a la Reina María Luisa de Parma sino
al Príncipe de Asturias, don Fernando,
a los demás Infantes, al Príncipe
de la Paz, Manuel de Godoy, y a la numerosa servidumbre
que acompañaba a las personas reales. Para adaptar
el edificio a las exigencias regias se hicieron numerosas
obras de las que queda testimonio en el Archivo General
de Palacio (Palacio Real de Madrid) y que fueron coordinadas
por el arquitecto mayor del Rey, don Juan de Villanueva,
que se encontraba formando parte del séquito. El
palacio fue digna residencia temporal de la corte.
Tras aquel efímero esplendor, el palacio enfiló
su declinar. Los Condes de Altamira,
que disponían de magnífica residencia en
Madrid, con traza de Ventura Rodríguez,
dejaron de acudir a Velada. Durante la Guerra de la Independencia
fue brutalmente saqueado por la francesada -siendo el
Conde considerado traidor por decreto de Napoleón
fechado en Burgos el 12 de noviembre de 1808. En 1842
el Conde vendió a don Andrés de
Arango el palacio, las caballerizas, los jardines,
fuentes, estanque y huertas adyacentes por 16.000 reales.
Hoy el palacio y su entorno es triste imagen de aquel
lejano fulgor. Podríamos acudir al título
de la obra de Wenceslao Fernández Flórez,
El drama del palacio deshabitado para definir su triste
abandono. Apenas se adivinan sus formas y como coloso
tullido exhibe caído las huellas de sus mutilaciones.
Bien merece este ejemplo magnífico, y único,
de palacio toledano del cuidado y desvelo que le ha dispensado
y le dispensa su actual propietario don Carlos
María de Silva, a cuya generosidad y mecenazgo
debe su actual resurgir. Ahora queda en manos de quien
corresponda permitir que vuelva a recuperar su bella estampa
y que lo haga desde el respeto más escrupuloso
a su historia, tan rica como desconocida, y a su peculiar
arquitectura.
Santiago Martínez Hernández
Doctor en Historia Moderna
Real Biblioteca. Madrid