Grande de España, III Marqués
de Velada y I de San Román, Madrid, 15.I.1590-Madrid,
25.VIII.1666. Militar y hombre de estado.
Único hijo varón habido del matrimonio entre
el II marqués de Velada, Gómez Dávila
y Toledo, y Ana de Toledo Colonia (+1596), Antonio
Sancho Dávila Toledo Colonna, III Marqués
de Velada y I de San Román, vino al mundo
el 15 de enero de 1590 en el Alcázar de Madrid. Como
heredero de su padre fue bautizado con gran solemnidad en
la iglesia de San Gil teniendo como padrinos a su tía
la entonces condesa de Melgar, Vitoria Colonna,
y al Príncipe Felipe (futuro Felipe III).
Era la primera ceremonia oficial y pública en la
que participaba el vástago de Felipe II,
hecho que fue interpretado como una muestra de reconocimiento
y gratitud del monarca hacia Gómez Dávila,
Ayo y Mayordomo Mayor de su hijo.
Su infancia transcurrió tras los muros de palacio
y en contacto diario con el rey y su familia. Educado con
especial esmero, su padre le procuró los mejores
preceptores y aunque durante su juventud fue amigo de pendencias,
compartidas con otros jóvenes caballeros, cultivó
durante toda su vida una gran reverencia por los libros
y las letras. Con apenas nueve años fue nombrado
menino y bracero de la Reina Margarita de Austria
durante las jornadas posteriores a su boda con Felipe
III. La destacada posición de su padre en
la corte, como Mayordomo Mayor del Rey y consejero de Estado,
le permitió acceder en 1610 al oficio de gentilhombre
de Cámara del Rey, no sin antes soslayar los obstáculos
que algunos pusieron a su nombramiento. Su reconocida aversión
hacia el Duque de Uceda, por otra parte
mutua, no fue un buen augurio para su inmediato futuro cortesano.
En 1614 contrajo matrimonio con Constanza Osorio,
hija de los Marqueses de Astorga, Pedro
Álvarez Osorio y Blanca Manrique y Aragón.
En tal ocasión Felipe III le hizo
merced del título de Marqués de la villa de
San Román y le concedió, tras cruzarle de
Calatrava, el disfrute de la encomienda de Manzanares, cuando
vacare a la muerte de su padre, entonces su titular. De
aquella Orden llegaría a ser Definidor General y
también Visitador de la de Alcántara. Fueron
sus hijos, Antonio Pedro, Bernardino, Fernando y Ana. Aquel
matrimonio convirtió durante largos años a
la marquesa de Velada en heredera de su hermano, el IX marqués
de Astorga, Álvaro Pérez Osorio, pues a pesar
de sus tres matrimonios no dejó sucesión.
Al fallecer, en 1659 su primogénito Antonio
Pedro, entonces II Marqués de San Román,
sucedió en los estados de su tío como X marqués
de Astorga, a los que añadiría siete años
después los de Velada.
Los comienzos de su carrera cortesana fueron especialmente
difíciles tanto por su propio carácter como
por la enemiga que le dispensó el Duque de
Uceda, hijo y sucesor del Duque de Lerma
en la privanza de Felipe III. Velada fue
uno de los más significados opositores al régimen
político impuesto por los Sandovales y pagó
por ello con el destierro y la desgracia regia. Durante
la jornada del monarca a Portugal en 1619, don Antonio sufrió
un grave atentado que a punto estuvo de cobrarse su vida.
El suceso lejos de promover adhesiones oficiales a su favor
provocó un gran escándalo político
que fue aprovechado por Uceda para conseguir la reprobación
del Marqués por parte del Rey y una orden de reclusión
en sus estados. En ellos, sin embargo, permaneció
por poco tiempo pues Felipe III le alzó
el destierro días antes de fallecer, en marzo de
1621. Durante los meses previos y posteriores a la muerte
del Rey fueron muchas las mudanzas cortesanas pero ninguna
de ellas alcanzó al Marqués que de nuevo quedó
marginado. Escribió: «quedé con la llave,
sin exerçiçio, igual en esto a mis compañeros
que en pocos días me fueron aventajados; los más,
el [Marqués] de Pobar que quedó
con el offiçio de Capitán de la Guardía
y después le dieron el de Presidente [del Consejo]
de Órdenes, el Almirante [de Castilla]
con que sirviese la llave, el [Duque] de Pastrana
con la embaxada de Roma, el [Marqués] de
Almazán Cavallerizo Mayor de la Reyna [Isabel]
nuestra señora, y otros que sería más
prolijo que difíçil el referirlos».
Si en la política, al menos en aquellos primeros
años del reinado de Felipe IV, no
se procuró sino desdén y decepciones, en las
letras, sin embargo, encontró el alivio necesario
para ganarse merecido crédito como poeta y mecenas.
El Marqués gozó de justa fama por la protección
que dispensó a poetas y otros hombres de letras,
así como por ser miembro de esa suerte de parnasos
que fueron las academias literarias. Fue cofundador de la
del Conde de Saldaña y asistente
de la celebrada Peregrina de Madrid. «Grande honrador
de ingenios», distinción con la que le honró
el poeta madrileño Anastasio Pantaleón
de Ribera –que gozó de su protección-,
cultivó la estima y la amistad de autores como Quevedo,
Góngora -quien celebró su bizarría
con ocasión de la visita del Príncipe
de Gales a Madrid- y el Conde de Villamediana,
entre otros. Destacado bibliófilo, siempre le acompañó
la afición de adquirir ejemplares allí donde
iba destinado, lo hizo en Orán al reunir manuscritos
árabes y lo haría en Flandes, Inglaterra e
Italia. Dispuso de varias bibliotecas distribuidas por sus
residencias siendo la más importante la que heredó
de su tío el Obispo de Sigüenza, Sancho
Dávila y Toledo, que superaba con creces
los dos millares y medio de volúmenes, y que fue
instalada en una galería construida a tal fin en
el convento franciscano de San Antonio de Velada.
Su carrera política iniciada en pleno reinado de
Felipe IV no fue tiempo nada propicio para su fortuna cortesana.
La oposición de los Grandes -en especial los vinculados
al antiguo clan gobernante, el de los Sandovales- a la política
de Olivares de excluirlos del gobierno,
juzgándolos responsables del fracaso político
del anterior gobierno, y sus críticas hacia la excesiva
presencia de letrados en los principales cargos desembocaron
en una grave crisis. El desplante de los Grandes -entre
ellos los Marqueses de Villafranca y de Castelo
Rodrigo, ambos amigos de don Antonio- hacia el
Conde Duque, ofendidos por las limitaciones impuestas a
su acceso a la Cámara del Rey, así como por
la reestructuración de las Casas de los Infantes,
provocó el alejamiento de muchos de ellos de la corte.
La connivencia de Velada con los revoltosos permitió
a Olivares hallar una excusa para enviarle a servir a Orán.
La orden apenas dejó resquicio para eludir su nombramiento
como Gobernador y Capitán General de Orán.
Sin respaldo político sólido en la corte ni
experiencia de gobierno no le quedó mejor alternativa
que comenzar su carrera política y militar fuera
de la corte. En Orán permaneció desde 1625
hasta 1628. Su mandato concluyó con una «visita
general en todas las fuerças de África de
la Corona de Castilla» de la que salió muy
bien parado. Felipe IV le concedió
licencia para regresar y así lo hizo sirviendo a
su regreso «con la mesma entrada que tenía
en tiempos de su padre, honrra muy señalada siempre
y no menos aora».
Entre 1628 y 1636 permaneció parcialmente inactivo
muy a su pesar pues aunque fueron varias las ocasiones que
tuvo de servir en cargos militares de gran responsabilidad
nunca llegaron a ocuparle. Inaudita circunstancia que remite
a una escasísima influencia política en la
corte. Así en 1628 se le ordenó acudir a Flandes
para hacerse cargo de dos compañías de caballería
pero su presencia durante la visita a la que fue sometido
tras su partida de Orán impidió su ida. Al
año siguiente Olivares le otorgó el mando,
con rango de general, del grueso de una armada que finalmente
no zarpó. Concluyendo 1634 Felipe IV
le nombró Capitán General de Mar y Tierra
en la Armada Real que iba a zarpar para expulsar a los holandeses
de las costas de Brasil. Estando prevenido para la empresa
se le ordenó acudir a Portugal como Capitán
General, en sustitución del Conde de Fuentes. Sin
embargo, volvióse a torcer el camino cuando se postergó
el nombramiento para enviarle a Flandes a hacerse cargo
del tercio que fuera del Marqués de Celada.
Tras este periplo absurdo de destinos imposibles llegó
a Cambrai el 13 de septiembre de 1636.
En tierras flamencas el Marqués conoció mejor
suerte y pudo labrarse una excelente reputación militar
merced a un arrojo que a punto estuvo de costarle la vida
en numerosas ocasiones. Como Maestre de Campo General se
distinguió en múltiples enfrentamientos con
los ejércitos de las Provincias Unidas en Breda,
Saint Omer, Dunquerque, Gante y Gueldres, entre otros campos
de batalla. Por orden del entonces Gobernador General de
los Países Bajos, el Cardenal Infante don
Fernando, se hizo cargo de la Armada de Flandes,
muy maltrecha tras el desastre padecido por Antonio
de Oquendo en Las Dunas en 1639. Sustituyendo al
fallecido Marqués de Fuentes aprestó dos armadas
que llegaron a España victoriosas tras varios enfrentamientos
con los holandeses. Durante el tiempo que sirvió
en la mar capturó «ochenta vajeles y cobr[ó]
sumas considerables atrassadas que se devían a V.
M.».
A comienzos de la primavera de 1640 el Conde Duque
de Olivares despachó a Londres al Marqués
de Velada como embajador extraordinario, a quien posteriormente
se unió el Marqués Virgilio Malvezzi,
con la misión de fortalecer la presencia diplomática
española en Inglaterra -que sólo contaba entonces
con Alonso de Cárdenas, encargado
de negocios de la legación hispana- poco después
de la derrota de Las Dunas, infligida por los holandeses
en aguas territoriales inglesas y frente a la pasividad
de su armada. Velada llevó órdenes de reparar
el desastre y convencer al rey Carlos I para que tomara
represalias contra las Provincias Unidas por desafiar la
soberanía inglesa, ofreciendo a cambio ayuda militar
para acabar con la rebelión escocesa. La misión
diplomática del Marqués fue un fracasó
difícilmente achacable en exclusividad a su actitud.
De regreso a Flandes, y tras la muerte del Cardenal Infante,
a comienzos de noviembre de 1641, se hizo cargo de la Caballería
y fue designado por «segundo de los Governadores de
aquellos estados», esto es, la segunda autoridad española
en los Países Bajos tras el ahora Gobernador General
interino Francisco de Melo. Allí su valía
fue reconocida por el Rey que le nombró Gobernador
y Capitán General de Milán en 1643. Estando
aprestado en Bruselas para su marcha le alcanzó la
noticia de la derrota de Rocroi. Para su fortuna aquella
desgracia, que otros padecieron por sus responsabilidades
militares, no llegó a salpicarle.
En Milán el Marqués sirvió hasta 1646.
En este tiempo llevó a cabo una profunda reforma
del ejército y dirigió un ambicioso proyecto
de fortificación de las defensas españolas.
Acabado su mandato obtuvo licencia para regresar a España
en donde Felipe IV le ofreció el
Virreinato de Sicilia y la Capitanía General de Cataluña
que rechazó alegando falta de salud.
El 21 de junio de 1647 fue nombrado consejero de Estado
y Felipe IV le encargó por su reconocida
experiencia que “corra por su mano la execuçión
de los capítulos de la paz con Olanda, y comerçio
del Norte”, firmados en Münster en 1648. En 1653
tomó posesión de la Presidencia del Consejo
de Órdenes. Años después fue designado
Gobernador del Consejo de Italia, con honores y preeminencias
de Presidente, simultaneando dicho cargo con la Presidencia
del Consejo de Flandes. Ambas dignidades las desempeñó
hasta su muerte, acaecida en 1666. En septiembre de 1665
se halló presente en la apertura del codicilo del
testamento de Felipe IV. Tras la muerte del Rey integró
la junta de regencia, encabezada por el Conde de
Castrillo, encargado del gobierno durante la minoridad
de Carlos II.
Sobre su óbito hay discrepancias en cuanto al lugar
y las fechas, mientras su descendiente Francisco
de Asís Ruiz de Arana afirma que ocurrió
en Orán el 24 de mayo, otras fuentes apuntan a que
se produjo el 25 de agosto en Madrid. Bien parece esta última
la más probable puesto que las obligaciones gubernamentales
del Marqués requerían su presencia en la corte.
En la dedicatoria al marqués de Velada de Pasión
del Hombre-Dios, referida y ponderada en décimas
españolas, el jesuita Juan Bautista Dávila
refiere con encomio la trayectoria profesional de don Antonio.
Sus palabras, pese a su exagerado fervor, constituyen un
acertado curriculum vitae: “Al Excelentísimo
Señor El Señor D. Antonio Sancho Dávila
y Toledo, Marqués de Velada, y de San Román,
Señor de la casa y estado de Villatoro, Villanueua
de Gómez, y Reuilla de la Cañada. Gentilhombre
de la Cámara de Su Majestad, Comendador de Mançanares
y Diffinidor en la Orden de Calatraua, Visitador de la Orden
de Alcántara. Qve fue Capitán de la Mar y
Tierra para las dos conquistas del gran Puerto de la Mina,
y de la recuperación segunda del Brasil. Gobernador
de las armas en Mar y Tierra en Portugal, Alcayde de las
fuerzas de Orán, y Capitán General de los
Reynos de Tremezén y Ienez. General de la Cauallería,
y Maestre de Campo General en los Paýses Baxos, Capitán
General de las Plazas Marítimas de la costa de Dunquerqve,
y de la Armada Naual de Flandes, Embaxador extraordinario
por la Majestad Católica al Rey de la Gran-Bretaña.
Gobernador y Capitán General en Italia, Estado de
Milán. Qve fue de los Consejos de Estado y Guerra
de la Magestad Católica, Presidente en el Real de
las Órdenes Militares, Gobernador del Sacro y Supremo
Consejo de Italia, con honores y preminencias de Presidente.”
S. MARTÍNEZ HERNÁNDEZ
BIBL.: [Memorial de servicios del Marqués de
Velada y San Román], Instituto Valencia de Don Juan,
Archivo, Envío 85, Caja 117, sin foliar; J. B. DÁVILA,
La Pasión del Hombre-Dios, referida y ponderada en
décimas españolas, Lyon, 1611; F. RUIZ DE
ARANA Y OSORIO DE MOSCOSO DÁVILA, Marqués
de Velada, Noticias y documentos de algunos Dávila,
Señores y Marqueses de Velada, Madrid, Sucesores
de Rivadeneyra, 1923; J. SÁNCHEZ, Academias literarias
del Siglo de Oro español, Madrid, 1961; J. H. ELLIOTT,
“The Year of the Three Ambassadors”, History
and Imagination. Essays in Honour of H. R. Trevor-Roper,
edición a cargo de Hugh Lloyd-Jones, Valerie Pearl
y Blair Worden, capítulo 13, Londres, 1981; F. BENIGNO,
La sombra del rey, Madrid, 1994; S. MARTÍNEZ HERNÁNDEZ,
“La biblioteca del convento de San Antonio de Padua
de Velada: origen y fortuna de la Librería Grande
de los Marqueses de Velada”, Archivo Ibero-Americano,
235, (2000), págs. 35-68 y “Nuevos datos sobre
Enrique Teller: de bibliotecario del Conde de Gondomar a
agente librario del Marqués de Velada”, Reales
Sitios, 147 (2001), págs. 72-74.
Marquesa de Almazán
Gome Dávila, II marqués de Velada
Conde
de Altamira, Marqués de Velada (Colección
Lázaro Galdeano)
ÁLVAREZ OSORIO GÓMEZ
DÁVILA Y TOLEDO, ANTONIO PEDRO menu
Grande de España, X Marqués
de Astorga, IV de Velada y II de San Román, Conde
de Trastámara y Santa Marta. Madrid, c. 1615-Madrid,
27.II.1689. Militar, diplomático y hombre de estado.
Como primogénito de los terceros Marqueses de Velada,
Antonio Sancho Dávila Toledo Colonna y Constanza
Osorio, al poco de nacer, se le otorgó el
marquesado de San Román, título que Felipe
III concedió a su padre en 1614 con motivo
de su matrimonio y que distinguiría en adelante a
los herederos de la Casa. Don Antonio Pedro
fue Marqués de San Román desde 1614 hasta
1659. El 20 de noviembre de aquel año, la muerte
de su tío Álvaro Pérez Osorio,
IX Marqués de Astorga, sin descendientes
directos, le convirtió en flamante titular de la
Casa de Osorio. Finalmente tras la desaparición de
su padre en 1666 fue también Marqués de Velada.
Casó en tres ocasiones, sin lograr descendencia de
ninguna de sus esposas. El primer matrimonio tuvo lugar
el 24 de febrero de 1634 y fue con su prima hermana Juana
María de Velasco y Osorio, III Marquesa de Salinas
(desde 1630). Ella aportó una dote de 20.000 ducados.
Falleció de tabardillo el 11 de octubre de 1634.
Esta dama era hija de Luis de Velasco e Ibarra,
II Marqués de Salinas de Río Pisuerga y de
Ana Osorio y Manrique, hermana de la III Marquesa de Velada,
Constanza Osorio, madre don Pedro Antonio. Matrimonió
por segunda vez, en esta ocasión con Ana
María de Guzmán, Condesa de Saltes;
y la tercera y última con María Pimentel,
hija de los Condes-Duques de Benavente.
Fueron los hermanos del Marqués de Astorga: Bernardino
Dávila, Capitán de la Guardia Española,
que casó con su cuñada, Luisa Antonia
de Velasco y Osorio, IV Marquesa de Salinas, desde
1634 en que sucedió a su hermana mayor. Sobrevivió
a su esposa y falleció sin sucesión como Marqués
viudo de Salinas. A la Marquesa le había sucedido,
como quinta titular del marquesado de Salinas, su hermana
Mariana de Velasco y Osorio. Fernando
Dávila que casó con María
Pacheco, hija de los condes de Añover, también
murió sin descendencia. Y por último, Ana
Dávila y Osorio, casada con Manuel Luis de Guzmán
y Manrique de Zúñiga, IV Marqués de
Villamanrique y Conde de Nieva y Saltes. A la muerte
de sus hermanos recayeron todos los títulos de la
Casa en doña Ana convirtiéndose, entre otros,
en XI Marquesa de Astorga, V de Velada y III de San Román.
La vida de don Antonio transcurrió durante los reinados
de Felipe IV y Carlos II, aunque su madurez
política la alcanzó mediado el Seiscientos.
Desde su juventud se había formado en la Casa del
Rey y puesto que por tradición muchos de los miembros
de su familia habían servido en la corte en oficios
palatinos, se le concedió llave de gentilhombre de
Cámara de Felipe IV. Posteriormente lo sería
también de Carlos II, exhibiendo en sus numerosos
retratos la llave dorada que le identificaba como tal. Su
brillante cursus honorum, digno sucesor de su padre y de
su abuelo, lo compendió el familiar del Santo Oficio
Pedro de Avilés en sus Advertencias de vn político
a sv Príncipe, observadas en el feliz gobierno del
Excelentísimo señor D. Antonio Pedro
Álvarez Osorio Gómez Dávila y Toledo,
marqués de Astorga, virrey y capitán general
del Reyno de Nápoles (Nápoles, 1673)
-que dedica al sobrino Antonio de Guzmán.
Al final del libro, como celebrado epílogo, acude
el autor a enumerar las empresas en las que se distinguió
con valor y sabiduría don Antonio Pedro. Así,
confirma que en 1642 fue nombrado Capitán del Regimiento
del Príncipe Baltasar Carlos cuando
Felipe IV acudió al socorro de Cataluña.
Poco tiempo después, según relata el mismo
Pedro de Avilés «se siguió
nombrarle Embaxador extraordinario de los príncipes,
y Repúblicas de Italia con asistencia en Génoua,
doblado el sueldo, y gastos secretos, que sus antecesores,
y crecidas prerrogatiuas, y por motiuos, que tubo Su Majestad
le mandó suspender el viaje, haciéndole merced
de que goçase el sueldo en Madrid asta que se le
mandasse partir, o se le ocupase». Finalmente fue
nombrado Gobernador y Capitán General de Orán,
donde sirvió por espacio de ocho años, «y
hiço tan releuantes seruiçios como son notorios,
y especialmente el de hauer dado 96 rotas al enemigo, y
auer aprisionado en ellas 11 mil moros y muerto 13 mil,
dejando aquellos cargos a su subcessor con ducientos mil
alarbes a la obediencia de Su Majestad». Continua
Avilés, «passó de allí por Virrey
y Capitán General del Reyno de Nauarra, y a breues
días se seruió Su Majestad de agregarle la
de Capitán General de la Prouincia de Guipúzcoa
y Esquadra Naual del Norte, en cuya ocasión le honró
Su Majestad con dos plenipotencias para ajustar los cauos,
que quedaron pendientes de la paz de Fuenterrabía».
En 1664 Felipe IV honró al Marqués de Astorga,
nombrándole Virrey y Capitán General del reino
de Valencia donde «ajustó las diferencias de
la Ciudad con las villas de su contribución, y la
total estirparzión de vandidos». En Valencia
permaneció por un mandato de cuatro años,
los estipulados para el cargo. Dejó el virreinato
por la embajada española en Roma, para la que fue
designado en 1667, ocupando la sede un mes antes del óbito
del Papa Alejandro VII. Su labor diplomática
se centró en conseguir una elección favorable
a los intereses españoles. La elección de
Giulio Rospigliosi como Clemente IX fue
acogida en Madrid como un triunfo, aunque así también
lo entendiera París. Como recompensa a sus esfuerzos,
la Reina gobernadora Mariana de Austria
le franqueó la entrada en el Consejo de Estado en
1669, aunque no llegara a tomar posesión del rango
de consejero hasta un lustro más tarde. Al Marqués
le sorprendió en breve tiempo la repentina muerte
del sucesor de Pedro, apenas transcurridos dos años
desde el comienzo de su pontificado.
Durante su embajada tuvo que lidiar con el delicado asunto
que representó la llegada a Roma del desterrado Juan
Everardo Nithard, antiguo privado de Mariana
de Austria. A la ciudad del Tíber había
llegado expulsado de España por orden de don
Juan José de Austria, quien se había
hecho cargo de la regencia. Allí Astorga presionó
hasta conseguir apartarle al convento jesuita de Tívoli.
Esta fue una de tantas ocasiones en las que pudo lucirse
ante la corte sin embargo otras dieron lugar a discrepancias.
De hecho su misión diplomática fue muy polémica
y durante el tiempo que presidió la legación
el Marqués recibió críticas muy severas
desde Madrid por su actuación, a menudo caprichosa.
El Marqués de Villa-Urrutia, uno
de los historiadores más críticos con su responsabilidad
diplomática, le describe en El Palacio Barberini
como «escaso de entendimiento y de voluntad, y tan
excesivamente perezoso, que no solía escribir a su
Gobierno más que en un breve despacho semanal».
Según parece, y no era un rumor infundado, Astorga
era muy aficionado a la belleza femenina, quizá en
exceso, y muchas damas y otras que no eran tales acudían
a la sede diplomática con inaudita frecuencia. Según
afirma Villa-Urrutia, la Reina Cristina de Suecia -retirada
en Roma tras su abdicación- llegó a tildarle
de «necio contemplativo». Durante su embajada
fue muy criticado tanto desde Madrid como en Roma por su
excesivo intervencionismo -llegando incluso a prohibírsele
por orden real que hiciera partícipe de los asuntos
de estado a su confesor el jesuita González-, por
la áspera conducta que exhibía con ciertos
cardenales papables y por sus intrigas. La propia Reina
regente, Mariana de Austria, llegó
a amonestarle por haber incumplido sus instrucciones respecto
a la neutralidad e indiferencia con la que debía
gobernarse en la embajada. La elección del Cardenal
Emilio Altieri, de quien Astorga tenía muy
buena opinión, como Clemente X cogió
desprevenido al Marqués que se enteró de la
misma dos horas más tarde. Como quiera que lo consideró
un triunfo personal, Astorga se arrogó el éxito
diplomático ante la Reina, pese a que Francia hiciera
lo propio. Satisfecha debió quedar doña Mariana
al premiar a don Antonio con el preciado virreinato de Nápoles.
Cuenta Pedro de Avilés, en sus Advertencias,
que antes de partir le honró con «otra plenipotencia
para tratar y concluir en Roma lo que después se
efectuó en Aquisgrán». En Nápoles
permaneció Astorga entre 1672 y 1675. De allí
se trajo algunos cuadros de calidad que regaló a
Carlos II y que se entregaron al monasterio
de San Lorenzo de El Escorial para su ornato.
A su regreso comenzó a participar como consejero
de estado de las principales cuestiones de relevancia. Su
relación con el entonces valido de la Reina Mariana,
Fernando Valenzuela, Marqués de Villasierra,
le valió el desprecio de la mayoría de Grandes
y títulos de Castilla que habían abandonado
la corte descontentos con la elección regia. Permaneció
en palacio, junto al Almirante y al Condestable de Castilla,
Mayordomo Mayor y Caballerizo Mayor del Rey, respectivamente,
y al Marqués de Mondéjar,
acompañando a Carlos II en varias
celebraciones. Al Marqués de Astorga se le llegó
a llamar despectivamente Juan Rana, alias de Cosme
Pérez, celebrado comediante, protegido de
la familia real. Tras la caída en desgracia de Villasierra,
y quizás por ser fácil de acomodar, se avino
bien con don Juan José de Austria,
durante su breve gobierno. Lo mismo volvería a hacer
cuando su sobrino el Duque de Medinaceli, Juan Tomás
de la Cerda, asumió el poder como primer
ministro.
Como miembro del Consejo de Estado, desde 1669, tomó
parte activa en las numerosas sesiones que desde 1676 se
convocaron para hallar esposa al Rey, encargo personal de
Mariana de Austria. Astorga fue partidario,
como el Condestable y el Almirante de Castilla, el
duque de Osuna y el Conde de Villahumbrosa,
de la elección de la Archiduquesa María
Antonia de Austria, nieta de la Reina viuda. Sin
embargo terminó por descartarse a la candidata por
la abrumadora diferencia de edad entre los contrayentes.
Finalmente, y tras desestimarse otras posibilidades, en
la sesión de 11 de enero de 1679, el Consejo, con
voto unánime, eligió a la Princesa
Maria Luisa de Orleáns como futura soberana.
La organización de la Casa de la flamante Reina provocó
gran expectativa pues eran muchos los aristócratas
que ambicionaban un oficio significado en ella. De entre
todos fue Astorga el mayor beneficiado recayendo en él
la mayordomía mayor. La célebre Madame
D´Aulnoy en su Relación del viaje
a España (1679), escrita a propósito de la
llegada a España de la Reina María
Luisa de Orleans, afirmaba que don Juan
José de Austria tuvo la intención
original de hacer recaer el principal oficio de la Casa
en Vincenzo Gonzaga aunque finalmente prefiriese
a Astorga por las inmensas riquezas que dice trajo de Nápoles
y que le ofreció obsequioso. Sea como fuere Astorga
fue designado para tan alta dignidad con la aprobación
de la Reina Mariana. A tal fin se preparó
para recibir a la Reina marchando hacia la frontera francesa
con impresionante comitiva. La entrega de Maria
Luisa de Orleans a Astorga tuvo lugar en San Juan
de Luz, el 3 de noviembre de 1679. El Marqués
de Villars, embajador de Luis XIV,
que acompañaba a la flamante Reina de España,
dejó testimonio de la opinión que le mereció
Astorga, sin duda desfavorable, al tacharle de «hombre
de capacidad ordinaria».Durante las jornadas posteriores
a la llegada a España de María Luisa
de Orleans un asunto de precedencias enfrentó
a Astorga con el Duque de Osuna, Caballerizo Mayor
de la Reina, cuando ésta se disponía
a pasear a caballo. La ocasión, sin duda agria, de
la que se apresuró Astorga a informar a Carlos
II, provocó el destierro de Osuna y el cese
inmediato en su oficio. Fue quizá la mejor confirmación
de la notable autoridad alcanzada con su nueva responsabilidad.
La perspicaz cronista francesa, hábil observadora,
no descuidó la amistad con Astorga, a quien parece
llegó a conocer hasta el punto de ofrecernos unos
acerados comentarios. Afirmaba Madame D´Aulnoy
que el Marqués de Astorga gustaba de llevar unos
grandes anteojos y que incluso había ordenado ponérselos
a un busto de mármol que le hicieron durante su virreinato
en Nápoles. La dama aseguraba que el Marqués
lucía grandes gafas «no sólo por la
gravedad, sino porque es viejo y tiene necesidad de ellas».
Símbolo de inteligencia y distinción en aquel
entonces, Astorga se había hecho retratar siempre
con ellas. Así aparece en varios retratos -en sus
numerosas modalidades, lienzo, grabado y medalla. Curiosamente
su padre, el III Marqués de Velada,
también los lució gran parte de su vida y,
al igual que su hijo, los porta con elegancia en un retrato
ecuestre en el que aparece como maestre de campo general
en Flandes, aferrada en su mano derecha la bengala de jefe
militar.
El retrato, sin duda exagerado, que ofrece de don Antonio
la baronesa D´Aulnoy contribuye a
evocar la imagen más tragicómica del barroquismo
hispano: «El Marqués de Astorga, de la Casa
de Osorio, había sido uno de los hombres más
galanes que soñarse puede, y no obstante sus sesenta
y ocho años cumplidos, lo seguía siendo. De
carácter alegre, hablaba mucho y muy bien de todo,
y era gran chambelán [mayordomo mayor] de la joven
reina. Su mujer, que sentía celos furiosos de una
joven de admirable belleza, de la que estaba enamoradísimo,
acudió a casa de su rival muy bien acompañada
y después de haberla matado, le arrancó el
corazón, con el que mandó hacer un estofado.
Después de habérselo hecho comer a su marido,
le preguntó si le había parecido bueno, y
como él contestase afirmativamente, dijo: No me extraña,
es el corazón de la mujer que tanto has querido.
Y a renglón seguido sacó la ensangrentada
cabeza que tenía oculta y la hizo rodar por encima
de la mesa en que estaba sentado con varios amigos. Fácil
es comprender lo que fue de tan funesta mujer y lo que siguió
a escena tan terrible. La esposa del Marqués se encerró
en un convento, donde enloqueció de celos y de rabia,
y no volvió a salir de él. La desesperación
del Marqués fue tan grande que se temió por
su vida. Su fortuna era inmensa».
Astorga desempeñó su responsabilidad como
Mayordomo Mayor hasta la muerte de la Reina, acaecida el
12 de febrero de 1689. Apenas dos semanas sobrevivió
a su soberana pues le sobrevino la muerte en Madrid el 27
del mismo mes.
S. MARTÍNEZ HERNÁNDEZ
Ilustración: Retrato, por Pietro
Ronchi. Oleo sobre lienzo. Galleria Nazionale di Parma.
Fotografía en L. FORNARI SCHIANCHI (ed.), Galleria
Nazionale si Parma. Catalogo delle opere. Il Seicento, Milán,
Franco Maria Ricci, 1999, p. 150, nº. 575.
BIBL.: P. de AVILÉS, Advertencias de vn político
a sv Príncipe, observadas en el feliz gobierno del
Excelentísimo señor D. Antonio Pedro Álvarez
Osorio Gómez Dávila y Toledo, marqués
de Astorga, virrey y capitán general del Reyno de
Nápoles, Nápoles, 1673; J. de BARRIONUEVO
, Avisos (1654-1658) y apéndice anónimo de
1660 a 1664, edición al cuidado de Antonio Paz y
Meliá, Madrid, Imprenta y fundición M. Tello,
1892-1894, 4 vols; W. RAMÍREZ DE VILLAURRUTIA Y VILLAURRUTIA,
MARQUÉS DE VILLA-URRUTIA, El Palacio Barberini. Recuerdos
de España en Roma, Madrid, Francisco Beltrán,
1919; F. RUIZ DE ARANA OSORIO DE MOSCOSO, MARQUÉS
DE VELADA, Noticias y documentos de algunos Dávila,
señores y marqueses de Velada, Madrid, Sucesores
de Rivadeneyra, 1923; L. PFANDL, Carlos II, Madrid, Afrodisio
Aguado, 1947; G. MAURA GAMAZO, CONDE DE LA MORTERA, Vida
y reinado de Carlos II, prólogo de Pere Gimferrer,
apéndice de ilustraciones a cargo de Juan J. Luna,
Madrid, Aguilar, 1990; J. GASCÓN DE TORQUEMADA, ,
Gaçeta y nuevas de la corte de España desde
el año 1600 en adelante, edición a cargo de
Alfonso de Cevallos-Escalera y Gila, Marqués de la
Floresta, Madrid, Real Academia Matritense de Heráldica
y Genealogía, 1991; L. FORNARI SCHIANCHI (ed.), Galleria
Nazionale si Parma. Catalogo delle opere. Il Seicento, Milán,
Franco Maria Ricci, 1999; Viajes de extranjeros por España
y Portugal desde los tiempos más remotos hasta comienzos
del siglo XX, recopilación, traducción, introducción
al siglo XVIII y notas a cargo de J. García Mercadal,
s.l., Junta de Castilla y León, 1999; A. ANSELMI,
Il Palazzo dell´Ambasciata di Spagna presso la Santa
Sede, S.l., Edizioni de Luca, s.a.; A. ÁLVAREZ-OSSORIO
ALVARIÑO, “Ceremonial de la majestad y protesta
aristocrática. La Capilla Real en la corte de Carlos
II”, en Juan José Carreras y Bernardo José
García García (eds), La Capilla Real de los
Austrias. Música y ritual de corte en la Europa moderna,
Madrid, Fundación Carlos de Amberes, 2001, pp. 345-410.
Manuel
Osorio niño (Goya)
Infante Cardenal Luis Antonio de Borbón (Colección
Lázaro Galdeano)
Marqués de Astorga, de Ayamonte y de Velada,
Conde de Nieva, embelleció el Palacio de
Velada al Gusto de finales del siglo XVII, convirtiéndose
más cómodo y rico, siendo la residencia preferida
de su esposa Doña María Ana Fernández
de Córdoba y Figueroa, falleció en
el Palacio y fue sepultada en el convento de franciscanos
de esta Villa el 22 de Octubre de 1711.
OSORIO DE
MOSCOSO DÁVILA Y FELIPEZ DE GUZMÁN Y MENDOZA,
DON
BUENAVENTURA menu
Marqués de Velada, de Astorga,
de Leganes, de Villamanrique, de Ayamonte, casó
con Doña Ventura Francisca Fernández
de Córdoba y Fernández de Córdoba y
Aragón, heredera de los ducados de Sessa,
Somma, Baena Terranova, San Angelo y de los condados de
Cabra, Palamós y un largo etcétera. Mantenían
una estrecha amistad con el Infante don Luis Antonio
de Borbón; su repentina muerte el 6 de enero
de 1776, no impediría que su hijo don Ventura
Osorio de Moscoso y Fernández de Córdoba,
casado con doña María de la Concepción
de Guzmán Velez Ladrón de Guevara y Fernández
de Córdoba Spínola de la Cerda, mantuviera
buenas relaciones con el hermano del Rey, cediendo su Palacio
y propiedades en Velada para su retiro de la corte.
Enviaban a su mayordomo Bernardo
de Ugarte en julio de 1733 instrucciones precisas
sobre las reparaciones urgentes que habían de acometerse
en el Palacio, casas, jardines y otras propiedades de Velada.
Plantando árboles de naranjos, limoneros y limas
completando de forma simétrica, recuperando “
los quadros con las Armas de mis Casas” y las canalizaciones
de agua al gusto del siglo XVIII.
Condesa
de Altamira y
su hija María Agustina (Goya)
OSORIO DE
MOSCOSO Y GUZMÁN, DON VICENTE JOAQUÍN menu
Don Vicente Joaquín Osorio
de Moscoso y Guzmán Fernández de Córdoba
y de la Cerda, Marqués de Astorga y de Velada
era entre otros cargos, consejero del Banco de San Carlos,
actual Banco de España, consejero de Estado, Gran
Cruz de Carlos III.
Desempeño numerosos cargos, siendo
una de las personas más ricas de su época.
Alférez mayor de Castilla y de la Villa de Madrid,
académico de San Fernando en 1796, era quien poseía
más títulos de nobleza en su tiempo, 12 grandezas
de España.
Poseedor de una colección pictórica
sólo comparable a la de la Casa Real, la abuela del
Conde, camarera mayor de Isabel de Farnesio, representó
a los padrinos, la Reina viuda Doña Mariana
de Neoburgo y el Duque de Parma, en el bautizo
del futuro Carlos III, nacido en 1716.
Entregado por sus padres al Infante
don Luis Antonio y su familia, el Palacio de Velada,
lo recupera después por su hijo, quien recibió
a Luis María de Borbón y Vallabriga
en su entrada oficial, en la sede de su nueva diócesis
de Toledo, febrero del año 1801.
Era uno de los hombres más bajitos
de su tiempo, Lord Holland dijo de él
“hombre más pequeño que he visto nunca
en sociedad.
Casado primero, con Doña
María Ignacia Alvarez de Toledo y Gonzaga Caracciolo,
hija de los Marqueses de Villafranca del Bierzo
y Duques de Fernandina y de Medina Sidonia, cuñada
de María Teresa Cayetana de Silva, Duquesa
de Alba, Goya la retrató
sentada con su hija María Agustina,
y de segundas nupcias con Doña María
Magdalena Fernández de Córdoba y Ponce de
León, hija de los Marqueses de la
Puebla de los Infantes.
Su hijo Don Vicente Isabel Osorio
de Moscoso y Alvarez de Toledo, fue Presidente
en funciones y Vicepresidente de la Junta Suprema y Gubernativa
del Reino 1808 al 1810, casado con Doña María
del Carmen Ponce de León y Carvajal.
El Conde de Altamira murió
en su palacio de Madrid en 1816. Este magnifico Palacio
neoclásico tiene una curiosa historia; mandado construir
a Ventura Rodríguez, sin reparar
en gastos, fue diseñado con tal lujo de detalles
que hasta el mismo Carlos III se sintió
celoso de su magnificencia y temiendo que pudiera superar
en categoría al propio Palacio Real, mandó
parar las obras. Actualmente se conserva sólo una
pequeña parte de aquel suntuoso edificio en la calle
de la Flor Alta de Madrid, detrás de la Gran Vía.
Vicente Osorio de Moscoso (Goya)
Ignacia Álvarez de Toledo y Gonzaga con su hijo Vicente Isabel (Agustín Esteve)
OSORIO DE
MOSCOSO Y PONCE DE LEÓN, DON VICENTE PÍO menu
Cinco veces Grande de España, Conde
de Altamira, Duque de Atrisco, de Montemar y de Sessa, Marqués
de Almazán, de Astorga, de Ayamonte, de Castromonte,
de Elche, de Leganés, etc. .Gran Almirante hereditario
de Nápoles, casó con Doña María
Luisa de Carvajal y Queralt, hija mayor de los
Duques de San Carlos, Condes de Castillejo.
Se decía de él,” que
con el brillo de sus honores, avergüenzan la luz del
sol y con el peso de sus condecoraciones, detener su marcha”.
En 1842, el Conde vendió a Don
Andrés de Arango el palacio de Velada, sus
caballerizas, los jardines, fuentes, estanque y huertas
adyacentes por 16.000 reales.
Falleció en 1864 y esta enterrado
en la Parroquia de San Martín de Madrid.
Conde
de Altamira(Goya)
Maria del Rosario de Silva y Fernandez de Miranda (Agustín Esteve)
Marqués de Astorga y Velada,
Duque de Sessa, de Montemar y de Maqueda, Conde de Altamira,
de Cabra y de Trastamara, Vizconde de Iznájar. Caballero
del Toison de Oro. Casó con S.A.R. la
Infanta de España y Princesa de Las Dos Sicilias,
Doña Luisa Teresa de Borbón y Borbón
Dos Sicilias, nacida en el Palacio Real de Aranjuez,
dama de la Orden de María Luisa, de la Cruz Estrellada
de Austria y de la Orden de Santa Isabel. Siendo sus padrinos
de boda SS.MM. los Reyes Doña Isabel II y
Don Francisco de Asís.
Los restos del Marqués reposan en
Cabra y los de la Marquesa en el Panteón de Infantes
del Monasterio del Escorial.
M. GIL BECERRA
DE BORBÓN
Y FARNESIO, EL INFANTE DON LUIS ANTONIO (1727-1785) menu
Nacido Infante de España por la
Gracia de Dios, Cardenal Diácono de la Santa Romana
Iglesia del Título de Santa María de la Scala.
Arzobispo Comendador y Dispensador en lo espiritual y temporal
de la Iglesia de Toledo, Primada de las Españas y
de la metropolitana de Sevilla, Canciller Mayor de Castilla,
Arzobispo de Sevilla, XIII Conde de Chinchón. Caballero
de la Orden de Santiago y Caballero de las Insignes Órdenes
del Toisón de Oro, Sancti Spiritus y Real de San
Genaro.
El Infante don Luis Antonio Jaime nació
el 25 de julio de 1727 en el palacio del Buen Retiro de
Madrid. Era el sexto hijo de los Reyes de España,
Felipe V e Isabel de Farnesio, aunque para
su padre era el décimo, pues había estado
casado en primeras nupcias con María Luisa
Gabriela de Saboya que le había dado cuatro
hijos varones, de los que habían sobrevivido dos:
Luis y Fernando. Luis había sido rey de España,
tras la abdicación de Felipe V en
una de sus depresiones, en el reinado más corto de
la historia de la monarquía española, a los
siete meses de ceñir la corona unas viruelas se lo
llevaron a la tumba.
De nuevo Felipe V volvía a reinar,
con gran esfuerzo y mucha desgana. Al morir su primera esposa,
el rey contrajo matrimonio con Isabel de Farnesio,
que cumplía perfectamente con su misión de
dar hijos a la corona. Al nuevo hijo de los reyes le bautizaron
con el nombre de Luis -en recuerdo de su hermano fallecido-
Antonio Jaime.
Luis Antonio pasó sus primeros años al cuidado
de las mujeres, conforme marcaban las reales costumbres.
Al cumplir los siete años se le puso cuarto aparte
y pasó a ser asistido por los hombres de su cámara,
siendo su ayo Aníbal Scotti. Durante
esos años aprendió geografía, historia,
religión, música, dibujo, francés,
italiano, castellano y todo cuanto debía de saber
un Infante de la época. De carácter tímido
e introvertido, sus grandes aficiones fueron la música,
el coleccionismo, las ciencias naturales y la caza.
Isabel de Farnesio, mujer de gran ambición,
había conseguido "situar" a sus hijos mayores,
al príncipe Carlos como rey de Nápoles
y Sicilia (después sería Carlos III
de España, al morir sus dos hermanastros Luis y Fernando
sin descendencia) y para el príncipe Felipe
los ducados italianos de Parma y de Toscana. Sus tres hermanas
casarían con reyes. Pero para Luis Antonio no quedaba
trono libre. En 1734 murió el cardenal y arzobispo
de Toledo Diego de Astorga y Céspedes y la reina
vio claro el futuro el menor de sus varones: sería
la máxima autoridad eclesiástica en España,
ya que lo más parecido a una corona era una mitra,
que además de gran poder ofrecía unas sustanciosas
rentas para el interesado. Felipe V mostró
al Papa su deseo de que el arzobispado pasara al Infante,
que sólo tenía siete años. Clemente
XII puso obstáculos, arguyendo la escasa
edad del Infante, pero después de tensas y largas
negociaciones se conseguía el objetivo. El 10 de
noviembre de 1735 nombra a Luis Antonio administrador del
Arzobispado de Toledo y poco después le concede el
capelo cardenalicio como Cardenal-Diácono de la Santa
Romana Iglesia de Santa María de la Scala.
Seis años después, en 1741 Luis Antonio es
investido también Arzobispo de Sevilla. El estatus
que alcanzaba Luis Antonio y sus cuantiosos beneficios económicos
eran elevadísimos; su madre estaba muy satisfecha.
Pero la vida del niño no había sufrido cambios
con estos nombramientos, seguía residiendo en la
corte mientras sus administradores se hacían cargo
de las dos sedes arzobispales, hasta su mayoría de
edad.
En 1746 muere el rey Felipe V y le sucede
en el trono el segundo hijo de su primera esposa, Fernando
VI. El Infante y sus hermanas son enviados junto
a su madre al palacio de La Granja, en un retiro forzoso,
pues ésta nunca había mostrado el más
mínimo afecto por sus hijastros y ahora Fernando,
ya rey, aprovechaba para deshacerse de ella alejándola
de la corte. El Infante Luis había tenido una relación
con su hermanastro si no estrecha por lo menos cordial y
le visitaba con frecuencia en la corte de Madrid o en el
Real Sitio en que estuviera la nueva familia real, Fernando
VI y su esposa Bárbara de Braganza.
El Infante don Luis en 1754 toma una de las grandes decisiones
de su vida. No sentía ninguna vocación por
la vida religiosa, ni siquiera se había ordenado
sacerdote y grandes dudas empiezan a atormentar su conciencia,
pero al fin su honestidad pesa más que su ambición
y decide renunciar a sus cargos. Se lo comunica al rey,
que le contesta con comprensión y al Papa, que acepta
su renuncia y le concede una pensión vitalicia anual
sobre las rentas del Arzobispado de Toledo. La vida del
Infante sigue como hasta entonces repartida entre La Granja
y las visitas a su hermano.
En 1758 la reina Bárbara de Braganza
muere tras una penosísima enfermedad, dejando al
rey sumido en un profundo dolor y sin hijos que puedan sucederle
en el trono. Fernando se retira al castillo de Villaviciosa
de Odón y llama al Infante Luis para que le acompañe
en su dolor. El rey comienza a dar síntomas de locura,
al igual que su padre y los médicos se ven incapaces
de curar sus males, que son más del espíritu
que del cuerpo. El Infante permanece con él, pasando
uno de los episodios más tristes y duros de su vida
que le hacen también caer enfermo.
Un año sobrevive Fernando a su amada esposa; el 10
de agosto de 1759 muere, nombrando sucesor al trono a su
hermano Carlos, que vivía en Nápoles siendo
rey de las Dos Sicilias.
La alegría de la vieja reina Farnesio
es indescriptible, pues de forma tan inesperada, ve sentarse
en el trono de España a su primogénito Carlos.
Aunque está casi ciega y con las facultades físicas
muy mermadas, se traslada a Madrid para recibirle. Emotivos
momentos debieron vivir la reina y Luis en el encuentro
familiar con Carlos al que hacía veintisiete años
que no veían y por fin conocer a sus hijos a los
que sólo habían visto en retratos. Una vida
nueva comienza para todos que permanecen juntos en la Palacio
del Buen Retiro de Madrid.
Pero un problema rondaba por la cabeza del nuevo rey, Carlos
III, un pequeño conflicto dinástico
se le presentaba. Según la Ley de Sucesión
dictada por su padre Felipe V, ningún
hijo suyo tenía derecho a reinar por haber nacido
y sido educados fuera de España. Aunque él
obvió esta ley y nombró inmediatamente Príncipe
de Asturias a su hijo Carlos, de once años de edad,
sabía que el legítimo sucesor era su hermano
el Infante don Luis, aunque éste no había
dado ninguna muestra de pretensión al trono.
Los dos hermanos compartían cacerías y entretenimientos,
les unía la gran afición al arte y al Infante
don Luis le fascinaban las conversaciones que tenía
con Carlos, en las que le contaba sus experiencias en Italia,
cuna indiscutible del arte, los descubrimientos de Pompeya
y Herculano, las ruinas romanas, las importantes construcciones
que había hecho en Nápoles… Más
aún cuando un año después de su llegada
a España, su amada esposa la reina María
Amalia, moría. El rey Carlos enamorado,
siempre había sido fiel y lo seguiría siendo
después de su muerte. Ya habían cumplido con
creces la obligación de tener hijos, habían
tenido once y no se sentía con ánimo de contraer
matrimonio de nuevo. Pero la situación del Infante
era distinta; había renunciado a sus cargos eclesiásticos
y cumplido su papel de "acompañante" familiar
siempre que se le había requerido, primero con su
madre, luego con el rey Fernando y ahora con Carlos y ya
tenía ganas de formar su propia familia, por lo que
le pide permiso al rey para contraer matrimonio, pero para
éste es un asunto espinoso del que no quiere ni oír
hablar. Luis Antonio, mientras tanto, comienza a formar
su propio patrimonio. En 1761 compra a su hermano Felipe
el condado de Chinchón y el señorío
de Boadilla en el que se construyó el palacio diseñado
por Ventura Rodríguez. Comienza a reunir una importante
pinacoteca y vastas colecciones de muebles, libros, relojes
y varios objetos. El Infante tuvo algunas aventuras amorosas
que se convirtieron en escándalo para su casto hermano
Carlos, que le recriminaba duramente sus relaciones con
muchachas plebeyas como Mariquita García
y Antonia Rodríguez. Luis aprovechaba
los momentos de ira del rey para reivindicar, siempre lo
mismo, su derecho al matrimonio, que acabaría además
con este tipo de aventuras. Pero el rey implacable, no cedía.
Después de muchas presiones del Infante, Carlos
III ya no tiene más argumentos que dar para
negar su consentimiento a que se case, pero antes de darlo
y para proteger los intereses de sus propios hijos, dictó
unas disposiciones sobre matrimonios desiguales y su descendencia,
recogidas en la Real Pragmática de 1776, aunque intentó
que fuera de carácter general, lo que dejaba bien
claro la difícil situación en la que se encontraría
su hermano si contraía matrimonio. Lo primero que
ordenaba era que ningún Infante podría contraer
matrimonio sin permiso del rey o perdería los derechos
sucesorios. Si el matrimonio fuera con persona desigual,
ésta y sus descendientes quedarían privados
de los títulos, honores y prerrogativas que le conceden
las leyes de este reino. Tampoco podrán utilizar
los apellidos y armas de la Casa de cuya sucesión
queden privados.
Bien atados los cabos para que su hermano, de una manera
o de otra, quedara apartado de la sucesión, le concede
por fin el permiso para casarse, expresando claramente sus
condiciones:
"No permitiendo las circunstancias actuales el proporcionar
matrimonio al Infante don Luis mi hermano con persona igual
a su alta esfera… Vengo a concederle permiso para
que pueda contraer matrimonio de conciencia, esto es, con
persona desigual, según él me lo ha pedido…".
El Infante don Luis no discutió los términos
de la pragmática, no puso objeciones para tomar por
esposa a una mujer que no fuera de su rango. Ni siquiera
se sintió humillado por las condiciones de su hermano.
Él sólo quería casarse y formar una
familia feliz, cuanto antes, pues ya tenía cuarenta
y nueve años. La elegida fue María
Teresa de Vallabriga y Rozas, una joven zaragozana,
treinta y dos años más joven que él,
guapa y sana que prometía darle hijos. Al rey le
pareció bien la elección, pero aún
le quedaban condiciones que poner: la boda se celebraría
lejos de la corte y no asistiría ningún miembro
de la familia real, el matrimonio viviría a veinte
leguas de la corte, a la que don Luis podría acercarse
cuando al rey le pareciera oportuno, pero la esposa no.
El Infante sólo utilizaría el título
de Conde de Chinchón y los hijos que tuviera el matrimonio
no utilizarían el apellido Borbón, sino el
materno.
El Infante pese a todo, y aunque resignado también
estaba entusiasmado por su boda, regaló a su joven
esposa muchas y valiosas joyas. Por fin, el 27 de junio
de 1776 se celebraba la boda en Olías del Rey, en
la capilla de la Duquesa de Fernandina. De allí se
trasladaron a Velada (Toledo), donde los marqueses de Altamira
les cedieron su palacio. Después irían a Cadalso
de los Vidrios, en el palacio de Villena, donde nació
su primer hijo, Luis María, el 22
de mayo de 1777.
Un año después volvieron al Palacio de Velada,
alternando sus estancias con Arenas de San Pedro, donde
se construyeron el hermoso e inacabado Palacio de la Mosquera.
Se rodearon de artistas, músicos y una numerosa servidumbre.
El 26 de noviembre de 1780 nació su segunda hija
María Teresa Josefa y tres años
después la pequeña María Luisa
Fernanda, ambas en Velada. Todos los hijos fueron
inscritos con el primer apellido de la madre Vallabriga
y Borbón, como había ordenado el rey.
Don Luis acudía de vez en cuando a la corte, pero
siempre iba sólo, ya que no podían ser recibidos
ni su esposa ni sus hijos.
El Infante pasaba sus horas entre la caza y su gran dedicación
a los libros, sus colecciones y aficiones artísticas
y científicas, pues fue una de las personas reales
más cultas e interesadas por las artes del siglo
XVIII. En aquella época conoció al todavía
poco afamado pintor Francisco de Goya,
con el que entabló una buena relación amistosa,
le invitó a pasar dos veranos en su palacio y le
encargó numerosos cuadros de él y su familia.
Luis Antonio quedó impresionado por los retratos
y además de pagarle muy bien por su trabajo, se encargó
de promocionarlo entre la aristocracia madrileña
y los ilustrados de la época. Goya, agradecido, tuvo
mucho cariño y reconocimiento al Infante y escribió
a su amigo Zapater: "estos señores
son unos ángeles". Unos años después
conseguiría ser pintor del rey con un sueldo anual
muy importante.
En 1785 el Infante se desplazó a la Corte para asistir
a las bodas de los Infantes Carlota Joaquina y Gabriel,
con príncipes portugueses. Fue su último viaje.
Al regresar cayó gravemente enfermo y nada parecía
mejorar su lamentable estado de salud, ni los cuidados de
sus médicos, ni las dietas alimenticias.
El 5 de agosto recibe la Extremaunción y escribe
estas patéticas letras al rey:
"Hermano de mi alma me acaban de sacramentar, te pido
por el lance en que estoy que cuides de mi mujer y de mis
Hijos y de mis pobres criados y adiós".
Dos días después, el 7 de agosto de 1785,
a las seis menos cuarto de la mañana, entregaba su
alma a Dios. Su hermano Carlos le contestaba, el mismo día
de su muerte, con una cariñosa carta que ya don Luis
no pudo leer y que quizá le hubiera tranquilizado:
" ... hermano de mi vida, de mi corazón; Bien
sabes el amor que te tengo y así puedes imaginarte
la aflicción que me causa el mal estado de tu salud...
en cuanto a tus cosas yo pensaré y no estando para
más acabo abrazándote mil millones de veces
de todo mi corazón...".
Pero esta debilidad del rey no iba a durar mucho. No respetó
el deseo de su hermano de ser enterrado en la capilla del
palacio de Boadilla o Chinchón. Ordenó que
se le diese sepultura en el Santuario de San Pedro de Alcántara,
en Arenas de San Pedro. El rey decretó luto en la
corte por tres meses, pero ni siquiera había ido
a visitarle en su lecho de muerte ni asistió a su
entierro, a pesar de que el cadáver del Infante estuvo
cinco días de cuerpo presente, a la espera de las
órdenes del rey.
De esta forma tan fría, Carlos III cerraba el capítulo
de su vida que más problemas de conciencia le había
causado. Por fin desaparecía el que había
sido su hermano más amado y también inexplicablemente
el más temido.
Años después, el 1 de junio de 1800, su sobrino
Carlos IV, ya rey de España, firmó
un decreto en el que daba las órdenes oportunas para
que el cuerpo de Luis Antonio fuese trasladado al Panteón
de Infantes del Monasterio del Escorial, donde le correspondía
por derecho de nacimiento. Fue enterrado con todos los honores.
Sobre su tumba, señalada con su nombre y el escudo
Borbón, se lee este simple epitafio:
"LUDOVICUS, Philippi V Filius"
y en el frontal del sepulcro, ornado de guirnaldas:
"AEDIFICAVIT ALTARE DOMINO".
Doña María Teresa
de Vallabriga y Rozas Español y Drummont de Melfort,
nació en Zaragoza el 6 de noviembre de 1759.
Hija del capitán de Caballeria don José
Ignacio de Vallabriga y Español, de la nobleza
de Aragón y de doña María Josefa
de Rozas y Drummont de Melfort, cuarta condesa
de Castelblanco y condesa viuda de Torres Secas de donde
viene la relación con los marqueses de San
Leonardo. Su hermano Luis fue
Teniente General de Marina y amigo de Francisco
de Goya.
Los abuelos maternos de María Teresa fueron don
José de Rozas, duque de San Andres, conde de Castelblanco
y Lady Francisca Drummond y Wallace, hija del duque de Melfort,
Lord John Drummond y de su esposa Lady Eufemy Wallace,
descendientes de las casas reales de Escocia, Inglaterra
y ducal de Sajonia.
En 1773 al morir su madre, ella y su hermana menor María
Ana son trasladadas a Madrid para vivir con sus
tíos los marqueses de San Leonardo,
que al no tener hijos se hicieron cargo de ellas con todos
los derechos de padres. Las niñas fueron educadas
en un ambiente refinado y aristócrata. A los dieciséis
años fue ofrecida en matrimonio al Infante
don Luis, y aceptada por él por reunir las
condiciones que exigía la Real Pragmática
del rey.
Al parecer, el Infante había conocido a María
Teresa en La Granja de San Ildefonso, donde su tío,
como caballerizo de Carlos III, solía
ir con su familia. En carta a su hermano el Marqués
de San Leonardo le explica las noticias referentes
a la boda de su sobrina y le dice que ni él ni su
mujer han tenido que ver nada en el asunto y añade
que la fama de su buena cara, buena índole, sumo
recogimiento, mucha inocencia y grande educación
la han acarreado su fortuna.
En la petición de mano el novio le regaló
un clavel de rubíes, diamantes y esmeraldas muy rico
y bien trabajado. Y en las capitulaciones matrimoniales,
firmadas en Aranjuez, el Infante le asigna "para Alfileres"
cien doblones de oro cada mes y si quedara viuda, para alimentos,
doce mil ducados al año.
Se celebra el matrimonio morganático el 27 de junio
de 1776 en el oratorio del palacio de la Duquesa de Ferdinanda
en Olías del Rey, Toledo, en una sencilla ceremonia,
Boccherini compuso una brillante serenata.
Tenía don Luis cuarenta y nueve
años y María Teresa estaba
a punto de cumplir los diecisiete. La felicidad del Infante
era inmensa y llenó de regalos a su nueva esposa,
un aderezo de brillantes, un reloj, un aderezo grande de
la reina madre -valorado en dos millones de pesos-, doce
palomitas con sus doce palomitos de brillantes, el aderezo
de boda, los pendientes, la cruz y demás piezas y
le dio dos millones de pesos para que regalase a su padre
lo que ella quisiera.
A partir de entonces su vida matrimonial ya la conocemos
por la del Infante. Aunque es de suponer que la jovencísima
María Teresa no fuera tan feliz
como lo pudo ser don Luis. Ella quizá esperaba una
vida social más activa, más acorde al rango
de un Infante de España, estaba bien situada económicamente
pero muy limitada en sus posibilidades. La vida que se le
ofrecía era tranquila y acomodada pero también
aburrida y monótona en pueblos demasiado alejados
de la bulliciosa corte; al fin y al cabo era un destierro,
con la sola distracción de la naturaleza y la compañía
de sus cortesanos. Lo que para el Infante era suficiente
pues ya había vivido lo suyo, para la jovencísima
María Teresa resultó un encierro.
Si tenemos en cuenta la correspondencia que mantiene el
confesor del Infante Fray Urbano de los Arcos con
Floridablanca, Secretario del rey, descubrimos
una rocambolesca historia negra de María Teresa.
Al parecer su carácter fuerte unido a la situación
descrita hacen que la relación del matrimonio sea
un infierno para el hostigado Infante, que débil
de carácter y ya enfermo se deja manejar e intimidar
por su orgullosa esposa. El cura denuncia que ésta
le maltrata y le humilla incluso públicamente. Al
parecer había habido algún conflicto entre
el Infante y su secretario Juan Miguel Aristia,
que también había denunciado el comportamiento
de María Teresa.
Fueron padres de cuatro hijos, aunque el segundo murió
a los pocos meses de nacer. Y cuando estos niños
que fueron la alegría de sus padres empezaban a vivir,
el Infante sufrió una enfermedad fatal que acabó
con su vida, lo que iba a ocasionar un gran cambio para
toda la familia.
Por orden de Carlos III, los niños
fueron separados de su madre y entregados para su educación
al Cardenal Lorenzana. Aunque para María
Teresa fue un durísimo golpe no mostró oposición
a la decisión real pues entendía que para
los niños era bueno que el rey se hiciera cargo y
por otro lado debió pensar que de nada serviría
enfrentarse al rey. Por el contrario, si se mostraba complaciente,
probablemente el rey sería condescendiente con ella.
Pero en eso se equivocó. Quedó confinada en
su palacio de Arenas, al año siguiente consiguió
permiso de Carlos III, establecerse en
el Palacio de Velada. Las sospechas de sus amoríos
con el joven Francisco del Campo, que ya
en vida del Infante se rumoreaban, se hacen de nuevo patentes
cuando al año de haber quedado viuda, el alcalde
de Arenas escribe a Floridablanca hablándole
del "notorio afecto" entre ambos, siendo un escándalo
para todo el pueblo. La respuesta es contundente; se ordena
al joven que vaya a Madrid de inmediato para incorporarse
a un nuevo puesto. Nunca más se volvieron a ver.
Curiosamente Francisco del Campo, era hermano de Marcos
del Campo, cuñado del pintor Francisco
de Goya.
No le permitió ni siquiera visitar a sus hijos hasta
siete años después, en que muere el rey y
le sucede en el trono su hijo Carlos IV,
El nuevo rey más benévolo que su padre contesta
a sus misivas concediéndole el establecerse libremente
en cualquier provincia y además le aumenta su pensión
de viudedad. Lo primero que hace María Teresa es
visitar a sus hijos en Toledo y emprender su viaje a Zaragoza,
allí compra a sus hermanos la casa que fue de su
padre y poco después el palacio de Zaporta, donde
se instala. Lleva con ella gran parte de las pertenencias
que le habían correspondido en el testamento de su
esposo, entre ellas una importantísima colección
de 159 obras, entre cuadros y grabados, de primerísimas
firmas.
En 1797 recibe la noticia de la boda de su hija mayor con
Manuel Godoy, Príncipe de la Paz,
en cuyas capitulaciones matrimoniales se restablecían
los derechos de ella y sus hijos y poco después también
tuvo la satisfacción de saber que su único
hijo varón era consagrado Obispo de Toledo y Arzobispo
de Sevilla. Su hija pequeña María
Luisa se va a residir con ella a Zaragoza. Pasan
unos años hasta que estalla la Guerra de la Independencia
y María Teresa y su hija se refugian
en Mallorca hasta 1814 que regresan.
El 26 de febrero de 1820 la que había sido esposa
del Infante don Luis de Borbón muere,
siendo enterrada en la cripta de la Basílica del
Pilar, con los honores de persona regia.
María
Teresa (Goya)
LOS
DESCENDIENTES DEL INFANTE DON LUIS
El Infante don Luis y su esposa María Teresa de Vallabriga
tuvieron cuatro hijos. El primogénito Luis María,
otro varón que murió a los pocos meses de
nacer y dos niñas: María Teresa y María
Luisa. Todos los hijos fueron bautizados con el apellido
materno, ya que su tío el rey Carlos III, como consecuencia
del matrimonio morganático de sus padres, había
impuesto como condición en una de las cláusulas
matrimoniales que los hijos del Infante don Luis no podrían
utilizar el apellido Borbón, como hemos visto anteriormente.
Los primeros años de su infancia transcurrieron en
Velada y Arenas de San Pedro, felices con su familia. La
vida en Velada como en Arenas debía de ser muy placentera
para los niños, montaban a caballo, salían
a cazar o dar grandes caminatas con su padre. Visitaban
los pueblos de los alrededores y también dedicaban
tiempo al estudio. Sus padres se ocupaban personalmente
de su educación. Rodeados de artistas y músicos
que amenizaban las veladas, vivían en un entorno
que les ofrecía una formación refinada y exquisita.
En aquel tiempo pasó Goya dos veranos con la familia,
contratado por el Infante para que los pintara a todos;
de los niños quedan unos magníficos retratos.
Así pues sus primeros años transcurrieron
felizmente, ajenos a los malos momentos que pasaban sus
padres como consecuencia del destierro al que se vieron
sometidos por Carlos III. Pero esta despreocupada vida iba
a durar muy poco. En agosto de 1785 moría el Infante
don Luis, dejando huérfanos a los niños que
contaban ocho, cinco y dos años respectivamente.
Sus vidas iban a cambiar drásticamente.
El rey Carlos III se hacía cargo de sus sobrinos.
Por una parte su hermano, viéndose ya muy enfermo
y preocupado por el incierto futuro de su familia al morir
él, le escribía desde el lecho de muerte estas
patéticas líneas:
"Hermano de mi alma me acaban de sacramentar, te pido
por el lance en que estoy que cuides de mi mujer y de mis
hijos y de mis pobres criados".
Pero para el rey, además de la obligación
moral de complacer a su hermano, existían otros motivos
de peso para controlar el porvenir de sus sobrinos; quería
mantenerlos apartados de su madre, a la que despreciaba
profundamente y no la creía capaz de dar una educación
correcta a sus sobrinos, pero también por separarlos
de la corte de Madrid, por lo que confió su cuidado
y educación al Arzobispo de Toledo, D. Francisco
Antonio de Lorenzana, que aceptó gustoso tan egregio
encargo ya que además había sido íntimo
amigo del Infante don Luis y le tenía en gran consideración.
Inmediatamente después de la muerte del Infante,
el Arzobispo mandó a Arenas a su sobrino José
Lorenzana para que recogiera a los tres niños y los
llevara a Toledo. Sin embargo, en Arenas las cosas no fueron
tan fáciles, pues la madre pretendía que el
ayo de su hijo le acompañara en su nueva vida, pero
esta petición se entendió como un intento
de María Teresa de tener un espía que la informara
de lo que pudiera acontecer alrededor de su hijo, por lo
que José Lorenzana se negó y convenció
a la madre de que el niño estaría perfectamente
atendido. Días después informaba con gran
sarcasmo a Floridablanca de los altercados sufridos; le
decía que lo que pretendía María Teresa
con ayuda del ayo Estanislao Lugo era "sacar un Luis
XIV".
El monasterio de San Clemente había sido elegido
por el Arzobispo para dejar a María Luisa y María
Teresa al cuidado de las monjas y había informado
a Floridablanca de sus razones: le había gustado
por su arquitectura moderna de buen gusto, la iglesia era
de bastante extensión, el coro magnífico y
aunque las celdas son propias para religiosas, había
alguna más decente con tribuna al altar mayor, que
se podrían destinar a las niñas. Además
el convento ocupaba bastante terreno y existía la
posibilidad de edificar habitaciones nuevas más dignas
para ellas. Así informaba al rey:
"He venido a elegir y escoger habitación para
las hijas del señor Infante Don Luis, porque desde
luego me ha parecido este monasterio el más apropiado,
así por su hermosura y por lo saludable como por
las señoras tan ilustres que ha tenido y por sus
muchos privilegios".
También sugirió al rey que convendría
llevar muebles de Arenas para amueblar las habitaciones
de las niñas con cierto lujo y comodidades. El rey
dio el visto bueno a la elección, pero no quiso preocuparse
mucho por las celdas donde vivirían, ni quería
gastar un real con ellas, alegando que para unas niñas,
importaba más lo formal de la educación que
lo material, en que bastaba lo decente y preciso. Aunque
sí autorizó a que llevaran sus propios muebles.
Así el día 18 de septiembre de 1785, los tres
pequeños salían de Arenas, dejando atrás
su hogar y a su madre a la que no volverían a ver
hasta siete años después, antes de su partida
a Zaragoza. Una nueva vida empezaba para ellos.
Dos días más tarde quedaron las niñas
en el monasterio de San Clemente de Toledo con la compañía
de sus dos ayas. La Abadesa del convento dispuso una religiosa
de acreditada conducta para que velara por la mejor asistencia
de las señoritas, además del cuidado que ella
personalmente tendría. Luis María quedaba
en el palacio Arzobispal de Toledo, al cuidado del Arzobispo
Lorenzana. El cambio debió ser muy drástico
para los niños que, criados con mimo y lujo, pasaban
a una vida aburrida y austera. Con su madre mantenían
correspondencia y ésta con frecuencia les enviaba
desde Velada regalos, cestas de frutas y demás chucherías,
pero el rey Carlos III implacable no permitía que
se vieran.
DE BORBÓN
Y VALLABRIGA, EL CARDENAL LUIS
MARÍA. (1777-1823) menu
Primer hijo del Infante don Luis
de Borbón y de doña María
Teresa Vallabriga y Rozas. Nació en Cadalso
de los Vidrios, provincia de Madrid, el 22 de mayo de 1777,
en el Palacio de Villena, donde residian sus padres temporalmente.
La llegada de su primogénito fue una inmensa alegría
para el Infante, que se había casado con casi cincuenta
años, después de muchísimas presiones
a su hermano el rey que no le quería dar permiso.
El pequeño Luis fue retratado por Goya,
al igual que su familia, durante los dos veranos que el
artista pasó con la familia. Sus padres, que aunque
estaban apartados de la corte siempre quisieron que su hijo
se formara como un príncipe, se ocupaban personalmente
de su educación. Poco después llegarían
sus hermanas María Teresa y María
Luisa a las que siempre estuvo muy unido.
El niño tenía como preceptor al bibliotecario
de su padre D. Miguel Ramón y Linacero
que le enseñaba Gramática, Matemáticas,
Artes y por supuesto Música, la gran afición
de su padre y de muchos de sus antepasados, Luis María
aprendía a tocar el violín. Su ayo era D.
Estanislao Lugo que se ocupaba de todos sus asuntos.
La corte de Arenas funcionaba con todo el protocolo de una
corte real, tenían criados asignados para cada tarea,
incluso el niño tenía un maestro de baile,
don Alexis Huard, que compartía
con su hermana María Teresa y maestro de esgrima.
Pero quizá el mejor mentor que tuvo Luis María
fue su propio padre el Infante don Luis,
que apasionado por el Arte le enseñaba sus colecciones,
le hablaba de los artistas y le hacía disfrutar de
tantas cosas bonitas que les rodeaban. Estas primeras visiones
del mundo, debieron dejar huella en él, pues durante
toda su vida fue un hombre refinado y culto como su padre,
del que también posiblemente heredó su carácter
tímido y retraído.
Ya hemos visto cómo al morir el Infante don Luis
los niños son trasladados a Toledo: Luis María
a residir en el palacio Arzobispal junto al Arzobispo
Lorenzana. La nueva vida de Luis María era
sencilla al igual que la de las otras personas que vivían
en el palacio y sin servicio específico, puesto que
Lorenzana creía que no era bueno para la educación
del niño que se criara con grandes lujos.
Su educación al lado del Arzobispo fue exquisita,
ya que éste era un hombre muy culto dedicado a la
vida religiosa y al estudio. Lorenzana había sido
muy amigo del Infante don Luis, al que
estaba muy agradecido porque le debía el haber conseguido
el canonicato de Toledo. Por todo ello se veía en
la obligación, voluntaria y gustosa, de instruir
a Luis María como hubiera deseado su padre. La influencia
del Arzobispo hizo que su pupilo pronto descubriera su vocación
religiosa. En 1793 Luis María tomó las órdenes
sacerdotales y fue investido Arcediano de Talavera. Era
el principio de una brillante carrera.
En 1794, después de interminables gestiones e incidencias
relativas al testamento del Infante don Luis, Luis María
consigue el título de XIV Conde de Chinchón.
En efecto su padre le había nombrado en su testamentaría
heredero del Condado con todas sus pertenencias y el derecho
a utilizar el título fue reclamado al rey por su
Defensor y Curador D. Eugenio Martínez.
Pero después de una minuciosa investigación
sobre si había que otorgarle o no el título,
la respuesta de la Cámara del Rey fue una rotunda
negativa basándose en la Pragmática Sanción
de 23 de marzo de 1776 de Carlos III, donde
se decía entre otras cosas:
«... en cuanto a los efectos civiles; y en su virtud,
la mujer o el marido, que cause la notable desigualdad quedará
privado de los títulos, honores y prerrogativas que
le conceden las Leyes de estos Reinos, ni sucederán
los descendientes de este matrimonio en los tales Dignidades,
honores, vínculos, o bienes emanados de la Corona...»
No contento con la respuesta el Defensor de Luis María
insistía de nuevo a la Cámara, argumentando
que este Mayorazgo lo había adquirido el Infante
con sus caudales propios por lo que debían considerarse
como bienes libres y no vinculados a la corona. Este contundente
razonamiento convenció por fin al rey y autorizó
de inmediato que Luis María empezara a utilizar el
título de Conde de Chinchón y mandó
que la Cámara despachara la cédula correspondiente,
para él, sus herederos y descendientes. La concesión
del título había sido para Luis María
un hecho más de justicia que de otra cosa ya que
no sólo no iba a cambiar su vida, si no que poco
después lo cedía a su hermana María
Teresa, con todas sus pertenencias.
Pero en el año 1797 ocurrió un acontecimiento
que sí iba a cambiar su vida y la de su familia.
Sus primos Carlos IV y María
Luisa habían decidido que su favorito Manuel
Godoy se casara con su hermana María
Teresa. Luis María fue el que llevó
las negociaciones de la boda y logró grandes beneficios
para toda su familia como veremos con detalle en la parte
dedicada a ella. Los tres hermanos fueron titulados Grandes
de España de primera clase, se les devolvía
su derecho a utilizar su legítimo primer apellido
Borbón y las armas de la casa real. Para él
mismo también llegarían privilegios y compensaciones.
De pronto emparentar con el hombre que ya empezaba a ser
el más poderoso de España y ser reconocidos
por fin como legítimos miembros de la familia real
iba a cambiar sus destinos. Luis María recibía
la Orden de Carlos III, era titulado Marqués de San
Martín de la Vega y nombrado Gran Canciller de Castilla
y Consejero de Estado. Su carrera eclesiástica emprendía
un vertiginoso ascenso. Primero recibió la mitra
toledana con sus ricas rentas y tres años después
era nombrado Arzobispo de Sevilla. Con 28 años recibía
de Roma el capelo cardenalicio, con el título de
Santa María della Scala, que ya había llevado
su padre.
Su elevación es festejada en Toledo con mucha fastuosidad.
Toda la ciudad se engalana y Goya, que
había pintado por primera vez a don Luis María
a la edad de seis años, le retrata de nuevo luciendo
la púrpura cardenalicia.
Pasan unos pocos años prósperos y tranquilos
para el Cardenal Luis María, pero
la omnipotencia de Manuel Godoy no habría
de durar mucho y los graves acontecimientos que se avecinaban
a España, de nuevo iban a cambiar radicalmente la
vida del hijo del desdichado Infante don Luis.
El 17 de marzo de 1808 estalla el motín de Aranjuez
que termina con el encarcelamiento de Godoy y la abdicación
de Carlos IV en su hijo Fernando
VII. Su hermana María Teresa,
infeliz esposa del favorito, aprovecha la ocasión
para abandonar a su esposo y a su única hija Carlota
y se reúne con Luis María
en Toledo.
Poco después los franceses invaden el territorio
nacional y el ingenuo Fernando VII abdica
en favor de Napoleón y éste
en su hermano José I. Luis María
y su hermana María Teresa huyen de Toledo a Andalucía
con la comitiva de la junta Central, que había tomado
el mando y estaba presidida por Floridablanca.
Pero los españoles, que no se dejaban amedrentar
por las tropas napoleónicas, luchaban duramente obteniendo
numerosas bajas y pocos éxitos. En dos años
toda la península fue invadida por los franceses,
que arrasaban a su paso, pueblos, campos y destruían
iglesias y otros edificios. Los hermanos Borbón se
encontraban en Cádiz, que conseguía mantenerse
a salvo protegida por la armada española y la inglesa.
Allí estaban reunidos los liberales que intentaban
a toda costa tomar las riendas de la situación. Se
constituyeron unas nuevas cortes y se dictaron numerosas
leyes. Luis María ocupaba un papel relevante en todos
estos acontecimientos, llegando a firmar la abolición
de la Inquisición que tantos estragos había
causado en España durante siglos.
El 19 de marzo de 1812 las Cortes aprueban la Constitución,
popularmente conocida como "la Pepa", ya que nacía
el día en que se celebraba San José. El
Cardenal Borbón fue nombrado regente hasta
que regresara Fernando VII, puesto que
era el único miembro de la familia real que permanecía
en España. La guerra continuó aún un
año más, hasta que las tropas francesas eran
definitivamente vencidas y Napoleón
se vio obligado a firmar el tratado de Valençay,
en el que reconocía a Fernando VII
como rey de España. Pero las cosas ya habían
cambiado para los españoles y el Consejo de Regencia
con Luis María a la cabeza, no le iban a aceptar
como rey hasta que no jurara la Constitución de Cádiz.
Le esperaban en Madrid, pero Fernando VII
se fue a Valencia buscando apoyo. Hasta allí se desplazó
el Cardenal para obligarle a jurar la Constitución
pero el prepotente rey le obligó a besarle la mano
y rehusó el juramento. Fernando VII
recuperaba el poder absoluto, derogó la Constitución
de Cádiz, mandó detener a los diputados liberales,
restableció la Inquisición…, era el
comienzo de uno de los reinados más nefastos de la
historia de España. Luis María fue obligado
a retirarse a Toledo, donde conservaría su Arzobispado
pero tuvo que renunciar al de Sevilla y a sus rentas. Su
hermana María Teresa le acompañaba
de nuevo.
Transcurrieron seis años muy duros para el pueblo,
que tras la Guerra de la Independencia había quedado
en la más absoluta pobreza. Conflictos y conspiraciones
se sucedían en contra de tan inepto rey hasta que
en 1820 los liberales al mando de Rafael Riego
hacen jurar la constitución de 1812 al rey y convocan
una junta provisional, presidida de nuevo por el Cardenal
Borbón y como ministro de estado el Duque
de San Fernando, el marido de su hermana pequeña
María Luisa y cuya misión
era restablecer todas las instituciones existentes antes
de mayo de 1814. Esta etapa se conoce como el trienio liberal.
Pero Fernando VII, que durante estos tres
años no dejó de buscar apoyos internacionales
para su restauración como rey absolutista, consiguió
que la Santa Alianza acordase la intervención armada
en España, con el objeto de acabar con los liberales.
Los llamados "Cien mil hijos de San Luis" al mando
del Duque de Angulema hacían su
entrada en España el 7 de abril de 1823 para reponer
el absolutismo de Fernando VII.
Pero para Luis María, afortunadamente ya era tarde.
El 18 de marzo de 1823 había muerto en Madrid, en
el palacio arzobispal que su padre había construido
hacía ya muchos años, al lado de su querida
iglesia de San Justo y Pastor. La muerte natural le evitó
el disgusto de presenciar las terribles venganzas que el
rey aplicaría a los liberales durante los años
siguientes.
El primogénito del Infante don Luis fue enterrado
en la sacristía de la Catedral de Toledo, donde descansa
bajo un bello sepulcro esculpido en alabastro por Valeriano
Salvatierra.
Luis María de Borbón y Vallábriga.
Fundación Plaza
Luis María de Borbón y Vallábriga niño (Goya). Colección CSD
DE BORBÓN
Y VALLABRIGA, LA CONDESA DE CHINCHÓN MARÍA
TERESA. (1780-1828)
menu
María Teresa Josefa,
segunda hija del Infante don Luis y María
Teresa Vallabriga, nació en Velada (Toledo)
el 26 de noviembre de 1780, en el palacio de los Condes
de Altamira.
Fue bautizada en la parroquia de Velada, figurando su primer
apellido Vallabriga, ya que al igual que sus hermanos no
podía utilizar el apellido Borbón.
Pasó sus cinco primeros años entre Velada
y Arenas de San Pedro, donde fue retratada maravillosamente
por Goya. A la muerte de su padre es trasladada
con su hermana María Luisa al Convento
de San Clemente de Toledo. Allí permanece María
Teresa doce años, hasta que reinando ya su primo
Carlos IV y su esposa María
Luisa de Parma, ésta decide buscar una esposa
que acabe con los rumores de la vida libertina de su favorito
Manuel Godoy. Nadie mejor que la tierna
niña, inexperta, de vida retirada, modosa y además
noble, de sangre real para engrandecer a un plebeyo advenedizo.
Reunía todas las cualidades para ser la esposa ideal.
A cambio, ella y su familia serían compensados por
los benévolos reyes. Era tan importante para el rey
Carlos IV complacer a su esposa que no
parece que le importara mucho cambiar todo lo que su padre
había establecido tan dura e implacablemente para
su hermano Luis y sus descendientes.
Se restituiría el primer apellido Borbón a
los tres hermanos y los privilegios que les correspondían
por nacimiento. Serían aceptados en la corte con
todos los honores de su rango. Les concedió Grandeza
de España de primera clase, permitiéndoles
utilizar el escudo y las armas de la familia Borbón.
Había que enmendar los errores cometidos en el pasado,
entre ellos modificar las inscripciones que se habían
hecho en las partidas de bautismo de los hijos de don Luis
con las notas correspondientes que figuraban en los libros
parroquiales. Se mandó una real orden al Obispo
de Avila, ordenándole que recogiese y remitiese
las partidas de bautismo que existían en sus archivos
relativos a los hijos del Infante don Luis,
donde sólo estaba escrito el apellido de la madre;
se ordenaba también que pusiese en todas las partidas
en primer lugar el apellido Borbón correspondiente
al padre y luego el de la madre, lo que el Obispo hizo de
inmediato.
También su madre sería resarcida; el rey le
permitía usar el título de Infanta y fue condecorada
junto a sus dos hijas con la Orden de María Luisa.
Se concedieron pensiones a las hijas del Infante don Luis:
la primera fue de 360 reales anuales, concedida por Real
Orden de 2 de octubre de 1797, la segunda de 200 reales
por otra Real Orden de 27 de septiembre de 1802.
El hijo mayor Luis María, que había
estado en toda la negociación de la boda de su hermana,
agradecía al rey desde Sevilla la concesión
de tantos favores, que también a él le habían
beneficiado pues en poco tiempo sería nombrado Arzobispo
de Toledo y después Arzobispo de Sevilla.
La noticia de su compromiso fue recibida por María
Teresa con cierta alegría, pues por fin
saldría de aquel aburrido encierro, para convertirse
en la esposa de un hombre importante, muy ligado a la vida
pública y a la familia real, que le iba a proporcionar
una vida cómoda y respetable. Además para
ella fue una gran satisfacción ver cómo toda
su familia, con motivo de su boda, recuperaba la dignidad
perdida y era colocada en la más alta posición.
Una vez concretadas todas las cláusulas del nuevo
matrimonio, se celebró la boda con toda pompa en
el monasterio de El Escorial, el 2 de octubre de 1797. Pero
el desencanto vendría pronto. Apenas recién
casados, María Teresa pudo comprobar
que su esposo, al que si no le podía exigir amor
por lo menos sí respeto, no le profesaba ninguna
de las dos cosas; estaba enamorado desde hacía tiempo
de Pepita Tudó que convivía
con ellos en la misma casa y descaradamente acudía
a los actos públicos y privados con Godoy.
Esta tensa situación hizo que la joven, retraída
y tímida, se fuera encerrando en sí misma,
acumulando un odio a su marido cada vez más intenso.
Quizá su inseguridad o su escaso mundo no le permitieron
sobrellevar la situación y encontrar otros horizontes
en su vida que la hubieran hecho algo feliz.
La reina María Luisa, siempre entrometida
en la vida de su favorito, estaba muy preocupada por la
relación del matrimonio y se permitía escribir
a uno y a otro, dándoles sus maternales consejos.
Cuando María Teresa quedó
embarazada les hizo trasladarse al Palacio Real para cuidar
de ella personalmente, disponiendo que la llevaran en silla
de manos para que no se fatigara pisando el entarimado o
los mármoles del palacio.
El 7 de octubre de 1800 nació la única hija
de los Príncipes de la Paz, Carlota Luisa.
Los reyes fueron desde el Escorial para apadrinarla en una
ceremonia celebrada por el gran Inquisidor en la propia
habitación del rey. La madre y la hija fueron condecoradas
con la Orden de María Luisa, reservada exclusivamente
para Infantes.
Pero ni siquiera la llegada de su hija la hizo feliz. Godoy
se seguía lamentando, en sus cartas a la reina, del
mal carácter de su esposa y de sus rarezas, e incluso
del poco caso que hacía a la niña, a la que
él llamaba cariñosamente "la mona"
y por la que sentía una debilidad enorme, pues le
contaba a la reina los más pequeños detalles
y gracias de su hijita. A la vez que criticaba y despreciaba
a su esposa: "…pocas almas habrá tan patéticas
e indiferentes…"
María Teresa no soportaba más
su situación matrimonial y en 1804 intenta abandonar
a su familia, viajando a Toledo en busca del apoyo de su
hermano, pero la reina María Luisa
le escribe una carta recriminándole su actitud, aduciendo
que ninguna mujer decente se podía ir sola sin su
familia.
En 1803 el Cardenal Luis María de Borbón
había cedido toda su parte de la herencia paterna
a su hermana María Teresa, convirtiéndola
en la XV Condesa de Chinchón.
Poco años más de infelicidad conyugal le quedan
a la Condesa, pues los extraordinarios acontecimientos de
1808 daban un gran giro a sus vidas. Después del
Motín de Aranjuez, en el que Godoy
era detenido en su palacio de Aranjuez y encarcelado, María
Teresa huía a Toledo al lado de su hermano, abandonando
para siempre a su odiado esposo.
Dejó a su hija con los reyes que
la llevarían consigo a su exilio, donde se reuniría
poco más tarde con su padre. Con la invasión
de los franceses empezaba otro periodo difícil y
triste para la Princesa. Ella y su hermana dejaron de percibir
la renta que se les había asignado –incautadas
por los enemigos- y perdieron todo lo que tenían,
llegando a pasar momentos de verdadera penuria, en el que
incluso tuvieron que vender sus alhajas para mantenerse.
María Teresa viviría con
su hermano todos los acontecimientos políticos de
la alborotada época. Desde Toledo viajaron a Andalucía.
Luis María fue nombrado presidente
de la Regencia en 1809 y aprobó la Constitución
de Cádiz en 1812.
Pero a la vuelta de Fernando VII, el Cardenal
cayó en desgracia y fue confinado en Toledo, acompañado
por María Teresa, de donde sólo salieron para
asistir al entierro de su madre en Zaragoza en febrero de
1820. Al no haber muchos datos, no sabemos si la Condesa
volvió al palacio de Boadilla, aunque en el Archivo
del Palacio Real se conserva una carta del año 1817,
en la que María Teresa pide a Aranjuez árboles
para sus jardines de Boadilla, por lo que se deduce que
alguna temporada debió pasar en él.
El 8 de noviembre de 1821 su hija Carlota
se casa en Madrid con el príncipe italiano Camilo
Rúspoli Khevenhuller.
Luis María muere en marzo de 1823
y María Teresa no tiene más
remedio que exiliarse en París en 1824, debido a
su vinculación con los constitucionalistas y sus
ideas liberales. Allí se reúne con su hermana
María Luisa y el esposo de ésta,
el Duque de San Fernando.
Pero en París tampoco mejoró su vida. Vivió
un tortuoso romance con el coronel Mateos,
que se enriqueció a su costa y la maltrataba. Pasó
una verdadera crisis económica que la obligó
a vender algunos cuadros y joyas familiares. Tras una larga
y penosa enfermedad (cáncer de matriz) que duró
cinco meses, la Condesa de Chinchón
murió el 24 de noviembre de 1828. Su hermana María
Luisa, que la había cuidado sin descanso,
se ocupó de trasladar sus restos al Palacio de Boadilla,
acompañados por el Capellán de la Embajada
de España.
A los pocos días de su muerte, su viudo Manuel
Godoy se casó con la que había sido
su amante durante casi cuarenta años, Josefa
Tudó.
Nació en Arenas de San Pedro, la noche del dia 6 de Marzo de 1779, fue bautizado al siguiente dia por don Alonso Gutiérrez Estrada, párroco y capellán del Infante, siendo padrino el Obispo de Ávila, don Miguel Fernando Merino.
Murió a los nueve meses en el palacio de Velada, el dia 15 de Diciembre de 1779, siendo trasladado a Chinchón el 18 del mismo mes, por deseo de sus padres, depositando su urna en el panteón de la capilla de la Piedad.
Bastantes años después, el 6 de Septiembre del 1816, el Cardenal Arzobispo de Toledo y la Condesa de Chinchón, ordenaron la traslación de los restos de su hermano, al mausoleo del coro en el convento de la Inmaculada Concepción de religiosas Franciscanas Clarisas de Chinchón.
C. DE SILVA.
DE BORBÓN
Y VALLABRIGA. DUQUESA DE SAN FERNANDO, MARÍA LUISA
(1783-1846) menu
María Luisa Fernanda de
Borbón y Vallabriga, última hija
del Infante don Luis de Borbón y María
Teresa Vallabriga, nació en Velada, Toledo,
el 6 de junio de 1783, en el mismo lugar que había
nacido tres años antes su hermana María
Teresa.
Los dos primeros años de su vida los pasó
en los Palacios de Velada y Arenas junto a su familia, hasta
la muerte de su padre, que es llevada junto a sus hermanos
a Toledo. Ella y su hermana fueron entregadas a las monjas
del Convento de San Clemente para su educación y
cuidado.
Ya hemos visto cómo con la boda de su hermana María
Teresa en 1797, la familia recupera sus derechos,
arrebatados por Carlos III y se les permite
utilizar el apellido Borbón de su padre. Al igual
que su hermana y su madre recibe la condecoración
de la Orden de la reina María Luisa y se le asigna
una renta de diez mil pesos anuales. A su madre por fin
le era concedido el permiso para volver a su tierra natal.
En 1802 su madre la recoge del Convento y se la lleva a
Zaragoza.
Unos años después, al morir María
Antonia, la primera esposa del Príncipe
de Asturias -el que más tarde sería rey de
España como Fernando VII- se estudia
la posibilidad de casarle con María Luisa,
con lo que hubiera llegado a ser reina de España.
Pero Fernando, que odiaba profundamente a Godoy,
rechazó la oferta por no querer emparentar con el
que él consideraba su gran enemigo.
María Luisa sigue soltera y en 1808
ante la amenaza de los franceses se refugia con su madre
en Palma de Mallorca, donde permanecerían hasta el
final de la guerra en 1814, que vuelven a Zaragoza.
Tres años después, María Luisa se casa
en la Iglesia de San Sebastián de Madrid con don
Joaquín Melgarejo y Saurin, hijo del que
había sido Mayordomo Mayor del Infante don Luis,
Joaquín Melgarejo y Roxas. El novio
era gentilhombre honorario de Fernando VII
y había sido fiel en su causa contra Godoy,
por lo que el rey agradecido le nombró Duque de San
Fernando de Quiroga, con Grandeza de España y le
ofreció a su prima como esposa, para emparentarle
con la familia real. Pero los revueltos acontecimientos
del reinado de Fernando VII llevan a hacerle
jurar la Constitución de Cádiz y convocar
una Junta Provisional, de la que es ministro de estado el
Duque de San Fernando y preside su cuñado el Cardenal
Luis María, con claras tendencias liberales.
Como resultado, a la vuelta de Fernando VII,
Joaquín y su esposa María Luisa se ven obligados
a exiliarse en París en 1822, donde fijan su residencia
en la calle Taibout, número 3. Después de
unos años se trasladan a Roma y vuelven a Madrid
donde se instalan en la calle ancha de San Bernardo. El
Duque fue ministro de la Regencia de la reina María
Cristina de Borbón, viuda de Fernando
VII y madre de la reina Isabel II,
hasta su muerte en 1835.
María Luisa igual que sus hermanos siempre mantuvo
una buena relación con Goya, que
de pequeños habían conocido en el palacio
de su padre. Goya la visitó en París y se
escribían periódicamente, hasta la muerte
del pintor en Burdeos de 1828.
Los Duques de San Fernando no tuvieron descendencia y por
ello María Luisa hace testamento
en favor de su única sobrina Carlota Luisa.
El 21 de marzo de 1846 falleció y fue enterrada en
la sacristía de la capilla del palacio de Boadilla
del Monte junto a los de su esposo y muy cerca de los de
su hermana la Condesa de Chinchón.