Palacio de Velada
 
 

DÁVILA TOLEDO COLONNA, ANTONIO SANCHO
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Grande de España, III Marqués de Velada y I de San Román, Madrid, 15.I.1590-Madrid, 25.VIII.1666. Militar y hombre de estado.

Único hijo varón habido del matrimonio entre el II marqués de Velada, Gómez Dávila y Toledo, y Ana de Toledo Colonia (+1596), Antonio Sancho Dávila Toledo Colonna, III Marqués de Velada y I de San Román, vino al mundo el 15 de enero de 1590 en el Alcázar de Madrid. Como heredero de su padre fue bautizado con gran solemnidad en la iglesia de San Gil teniendo como padrinos a su tía la entonces condesa de Melgar, Vitoria Colonna, y al Príncipe Felipe (futuro Felipe III). Era la primera ceremonia oficial y pública en la que participaba el vástago de Felipe II, hecho que fue interpretado como una muestra de reconocimiento y gratitud del monarca hacia Gómez Dávila, Ayo y Mayordomo Mayor de su hijo.

Su infancia transcurrió tras los muros de palacio y en contacto diario con el rey y su familia. Educado con especial esmero, su padre le procuró los mejores preceptores y aunque durante su juventud fue amigo de pendencias, compartidas con otros jóvenes caballeros, cultivó durante toda su vida una gran reverencia por los libros y las letras. Con apenas nueve años fue nombrado menino y bracero de la Reina Margarita de Austria durante las jornadas posteriores a su boda con Felipe III. La destacada posición de su padre en la corte, como Mayordomo Mayor del Rey y consejero de Estado, le permitió acceder en 1610 al oficio de gentilhombre de Cámara del Rey, no sin antes soslayar los obstáculos que algunos pusieron a su nombramiento. Su reconocida aversión hacia el Duque de Uceda, por otra parte mutua, no fue un buen augurio para su inmediato futuro cortesano.

En 1614 contrajo matrimonio con Constanza Osorio, hija de los Marqueses de Astorga, Pedro Álvarez Osorio y Blanca Manrique y Aragón. En tal ocasión Felipe III le hizo merced del título de Marqués de la villa de San Román y le concedió, tras cruzarle de Calatrava, el disfrute de la encomienda de Manzanares, cuando vacare a la muerte de su padre, entonces su titular. De aquella Orden llegaría a ser Definidor General y también Visitador de la de Alcántara. Fueron sus hijos, Antonio Pedro, Bernardino, Fernando y Ana. Aquel matrimonio convirtió durante largos años a la marquesa de Velada en heredera de su hermano, el IX marqués de Astorga, Álvaro Pérez Osorio, pues a pesar de sus tres matrimonios no dejó sucesión. Al fallecer, en 1659 su primogénito Antonio Pedro, entonces II Marqués de San Román, sucedió en los estados de su tío como X marqués de Astorga, a los que añadiría siete años después los de Velada.

Los comienzos de su carrera cortesana fueron especialmente difíciles tanto por su propio carácter como por la enemiga que le dispensó el Duque de Uceda, hijo y sucesor del Duque de Lerma en la privanza de Felipe III. Velada fue uno de los más significados opositores al régimen político impuesto por los Sandovales y pagó por ello con el destierro y la desgracia regia. Durante la jornada del monarca a Portugal en 1619, don Antonio sufrió un grave atentado que a punto estuvo de cobrarse su vida. El suceso lejos de promover adhesiones oficiales a su favor provocó un gran escándalo político que fue aprovechado por Uceda para conseguir la reprobación del Marqués por parte del Rey y una orden de reclusión en sus estados. En ellos, sin embargo, permaneció por poco tiempo pues Felipe III le alzó el destierro días antes de fallecer, en marzo de 1621. Durante los meses previos y posteriores a la muerte del Rey fueron muchas las mudanzas cortesanas pero ninguna de ellas alcanzó al Marqués que de nuevo quedó marginado. Escribió: «quedé con la llave, sin exerçiçio, igual en esto a mis compañeros que en pocos días me fueron aventajados; los más, el [Marqués] de Pobar que quedó con el offiçio de Capitán de la Guardía y después le dieron el de Presidente [del Consejo] de Órdenes, el Almirante [de Castilla] con que sirviese la llave, el [Duque] de Pastrana con la embaxada de Roma, el [Marqués] de Almazán Cavallerizo Mayor de la Reyna [Isabel] nuestra señora, y otros que sería más prolijo que difíçil el referirlos».

Si en la política, al menos en aquellos primeros años del reinado de Felipe IV, no se procuró sino desdén y decepciones, en las letras, sin embargo, encontró el alivio necesario para ganarse merecido crédito como poeta y mecenas. El Marqués gozó de justa fama por la protección que dispensó a poetas y otros hombres de letras, así como por ser miembro de esa suerte de parnasos que fueron las academias literarias. Fue cofundador de la del Conde de Saldaña y asistente de la celebrada Peregrina de Madrid. «Grande honrador de ingenios», distinción con la que le honró el poeta madrileño Anastasio Pantaleón de Ribera –que gozó de su protección-, cultivó la estima y la amistad de autores como Quevedo, Góngora -quien celebró su bizarría con ocasión de la visita del Príncipe de Gales a Madrid- y el Conde de Villamediana, entre otros. Destacado bibliófilo, siempre le acompañó la afición de adquirir ejemplares allí donde iba destinado, lo hizo en Orán al reunir manuscritos árabes y lo haría en Flandes, Inglaterra e Italia. Dispuso de varias bibliotecas distribuidas por sus residencias siendo la más importante la que heredó de su tío el Obispo de Sigüenza, Sancho Dávila y Toledo, que superaba con creces los dos millares y medio de volúmenes, y que fue instalada en una galería construida a tal fin en el convento franciscano de San Antonio de Velada.

Su carrera política iniciada en pleno reinado de Felipe IV no fue tiempo nada propicio para su fortuna cortesana. La oposición de los Grandes -en especial los vinculados al antiguo clan gobernante, el de los Sandovales- a la política de Olivares de excluirlos del gobierno, juzgándolos responsables del fracaso político del anterior gobierno, y sus críticas hacia la excesiva presencia de letrados en los principales cargos desembocaron en una grave crisis. El desplante de los Grandes -entre ellos los Marqueses de Villafranca y de Castelo Rodrigo, ambos amigos de don Antonio- hacia el Conde Duque, ofendidos por las limitaciones impuestas a su acceso a la Cámara del Rey, así como por la reestructuración de las Casas de los Infantes, provocó el alejamiento de muchos de ellos de la corte. La connivencia de Velada con los revoltosos permitió a Olivares hallar una excusa para enviarle a servir a Orán.

La orden apenas dejó resquicio para eludir su nombramiento como Gobernador y Capitán General de Orán. Sin respaldo político sólido en la corte ni experiencia de gobierno no le quedó mejor alternativa que comenzar su carrera política y militar fuera de la corte. En Orán permaneció desde 1625 hasta 1628. Su mandato concluyó con una «visita general en todas las fuerças de África de la Corona de Castilla» de la que salió muy bien parado. Felipe IV le concedió licencia para regresar y así lo hizo sirviendo a su regreso «con la mesma entrada que tenía en tiempos de su padre, honrra muy señalada siempre y no menos aora».

Entre 1628 y 1636 permaneció parcialmente inactivo muy a su pesar pues aunque fueron varias las ocasiones que tuvo de servir en cargos militares de gran responsabilidad nunca llegaron a ocuparle. Inaudita circunstancia que remite a una escasísima influencia política en la corte. Así en 1628 se le ordenó acudir a Flandes para hacerse cargo de dos compañías de caballería pero su presencia durante la visita a la que fue sometido tras su partida de Orán impidió su ida. Al año siguiente Olivares le otorgó el mando, con rango de general, del grueso de una armada que finalmente no zarpó. Concluyendo 1634 Felipe IV le nombró Capitán General de Mar y Tierra en la Armada Real que iba a zarpar para expulsar a los holandeses de las costas de Brasil. Estando prevenido para la empresa se le ordenó acudir a Portugal como Capitán General, en sustitución del Conde de Fuentes. Sin embargo, volvióse a torcer el camino cuando se postergó el nombramiento para enviarle a Flandes a hacerse cargo del tercio que fuera del Marqués de Celada. Tras este periplo absurdo de destinos imposibles llegó a Cambrai el 13 de septiembre de 1636.
En tierras flamencas el Marqués conoció mejor suerte y pudo labrarse una excelente reputación militar merced a un arrojo que a punto estuvo de costarle la vida en numerosas ocasiones. Como Maestre de Campo General se distinguió en múltiples enfrentamientos con los ejércitos de las Provincias Unidas en Breda, Saint Omer, Dunquerque, Gante y Gueldres, entre otros campos de batalla. Por orden del entonces Gobernador General de los Países Bajos, el Cardenal Infante don Fernando, se hizo cargo de la Armada de Flandes, muy maltrecha tras el desastre padecido por Antonio de Oquendo en Las Dunas en 1639. Sustituyendo al fallecido Marqués de Fuentes aprestó dos armadas que llegaron a España victoriosas tras varios enfrentamientos con los holandeses. Durante el tiempo que sirvió en la mar capturó «ochenta vajeles y cobr[ó] sumas considerables atrassadas que se devían a V. M.».

A comienzos de la primavera de 1640 el Conde Duque de Olivares despachó a Londres al Marqués de Velada como embajador extraordinario, a quien posteriormente se unió el Marqués Virgilio Malvezzi, con la misión de fortalecer la presencia diplomática española en Inglaterra -que sólo contaba entonces con Alonso de Cárdenas, encargado de negocios de la legación hispana- poco después de la derrota de Las Dunas, infligida por los holandeses en aguas territoriales inglesas y frente a la pasividad de su armada. Velada llevó órdenes de reparar el desastre y convencer al rey Carlos I para que tomara represalias contra las Provincias Unidas por desafiar la soberanía inglesa, ofreciendo a cambio ayuda militar para acabar con la rebelión escocesa. La misión diplomática del Marqués fue un fracasó difícilmente achacable en exclusividad a su actitud.

De regreso a Flandes, y tras la muerte del Cardenal Infante, a comienzos de noviembre de 1641, se hizo cargo de la Caballería y fue designado por «segundo de los Governadores de aquellos estados», esto es, la segunda autoridad española en los Países Bajos tras el ahora Gobernador General interino Francisco de Melo. Allí su valía fue reconocida por el Rey que le nombró Gobernador y Capitán General de Milán en 1643. Estando aprestado en Bruselas para su marcha le alcanzó la noticia de la derrota de Rocroi. Para su fortuna aquella desgracia, que otros padecieron por sus responsabilidades militares, no llegó a salpicarle.

En Milán el Marqués sirvió hasta 1646. En este tiempo llevó a cabo una profunda reforma del ejército y dirigió un ambicioso proyecto de fortificación de las defensas españolas. Acabado su mandato obtuvo licencia para regresar a España en donde Felipe IV le ofreció el Virreinato de Sicilia y la Capitanía General de Cataluña que rechazó alegando falta de salud.

El 21 de junio de 1647 fue nombrado consejero de Estado y Felipe IV le encargó por su reconocida experiencia que “corra por su mano la execuçión de los capítulos de la paz con Olanda, y comerçio del Norte”, firmados en Münster en 1648. En 1653 tomó posesión de la Presidencia del Consejo de Órdenes. Años después fue designado Gobernador del Consejo de Italia, con honores y preeminencias de Presidente, simultaneando dicho cargo con la Presidencia del Consejo de Flandes. Ambas dignidades las desempeñó hasta su muerte, acaecida en 1666. En septiembre de 1665 se halló presente en la apertura del codicilo del testamento de Felipe IV. Tras la muerte del Rey integró la junta de regencia, encabezada por el Conde de Castrillo, encargado del gobierno durante la minoridad de Carlos II.

Sobre su óbito hay discrepancias en cuanto al lugar y las fechas, mientras su descendiente Francisco de Asís Ruiz de Arana afirma que ocurrió en Orán el 24 de mayo, otras fuentes apuntan a que se produjo el 25 de agosto en Madrid. Bien parece esta última la más probable puesto que las obligaciones gubernamentales del Marqués requerían su presencia en la corte.

En la dedicatoria al marqués de Velada de Pasión del Hombre-Dios, referida y ponderada en décimas españolas, el jesuita Juan Bautista Dávila refiere con encomio la trayectoria profesional de don Antonio. Sus palabras, pese a su exagerado fervor, constituyen un acertado curriculum vitae: “Al Excelentísimo Señor El Señor D. Antonio Sancho Dávila y Toledo, Marqués de Velada, y de San Román, Señor de la casa y estado de Villatoro, Villanueua de Gómez, y Reuilla de la Cañada. Gentilhombre de la Cámara de Su Majestad, Comendador de Mançanares y Diffinidor en la Orden de Calatraua, Visitador de la Orden de Alcántara. Qve fue Capitán de la Mar y Tierra para las dos conquistas del gran Puerto de la Mina, y de la recuperación segunda del Brasil. Gobernador de las armas en Mar y Tierra en Portugal, Alcayde de las fuerzas de Orán, y Capitán General de los Reynos de Tremezén y Ienez. General de la Cauallería, y Maestre de Campo General en los Paýses Baxos, Capitán General de las Plazas Marítimas de la costa de Dunquerqve, y de la Armada Naual de Flandes, Embaxador extraordinario por la Majestad Católica al Rey de la Gran-Bretaña. Gobernador y Capitán General en Italia, Estado de Milán. Qve fue de los Consejos de Estado y Guerra de la Magestad Católica, Presidente en el Real de las Órdenes Militares, Gobernador del Sacro y Supremo Consejo de Italia, con honores y preminencias de Presidente.”

S. MARTÍNEZ HERNÁNDEZ

BIBL.: [Memorial de servicios del Marqués de Velada y San Román], Instituto Valencia de Don Juan, Archivo, Envío 85, Caja 117, sin foliar; J. B. DÁVILA, La Pasión del Hombre-Dios, referida y ponderada en décimas españolas, Lyon, 1611; F. RUIZ DE ARANA Y OSORIO DE MOSCOSO DÁVILA, Marqués de Velada, Noticias y documentos de algunos Dávila, Señores y Marqueses de Velada, Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, 1923; J. SÁNCHEZ, Academias literarias del Siglo de Oro español, Madrid, 1961; J. H. ELLIOTT, “The Year of the Three Ambassadors”, History and Imagination. Essays in Honour of H. R. Trevor-Roper, edición a cargo de Hugh Lloyd-Jones, Valerie Pearl y Blair Worden, capítulo 13, Londres, 1981; F. BENIGNO, La sombra del rey, Madrid, 1994; S. MARTÍNEZ HERNÁNDEZ, “La biblioteca del convento de San Antonio de Padua de Velada: origen y fortuna de la Librería Grande de los Marqueses de Velada”, Archivo Ibero-Americano, 235, (2000), págs. 35-68 y “Nuevos datos sobre Enrique Teller: de bibliotecario del Conde de Gondomar a agente librario del Marqués de Velada”, Reales Sitios, 147 (2001), págs. 72-74.


Marquesa de Almazán

Gome Dávila, II marqués de Velada

Conde de Altamira, Marqués de Velada (Colección Lázaro Galdeano)


 


ÁLVAREZ OSORIO GÓMEZ DÁVILA Y TOLEDO, ANTONIO PEDRO

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Grande de España, X Marqués de Astorga, IV de Velada y II de San Román, Conde de Trastámara y Santa Marta. Madrid, c. 1615-Madrid, 27.II.1689. Militar, diplomático y hombre de estado.

Como primogénito de los terceros Marqueses de Velada, Antonio Sancho Dávila Toledo Colonna y Constanza Osorio, al poco de nacer, se le otorgó el marquesado de San Román, título que Felipe III concedió a su padre en 1614 con motivo de su matrimonio y que distinguiría en adelante a los herederos de la Casa. Don Antonio Pedro fue Marqués de San Román desde 1614 hasta 1659. El 20 de noviembre de aquel año, la muerte de su tío Álvaro Pérez Osorio, IX Marqués de Astorga, sin descendientes directos, le convirtió en flamante titular de la Casa de Osorio. Finalmente tras la desaparición de su padre en 1666 fue también Marqués de Velada.

Casó en tres ocasiones, sin lograr descendencia de ninguna de sus esposas. El primer matrimonio tuvo lugar el 24 de febrero de 1634 y fue con su prima hermana Juana María de Velasco y Osorio, III Marquesa de Salinas (desde 1630). Ella aportó una dote de 20.000 ducados. Falleció de tabardillo el 11 de octubre de 1634. Esta dama era hija de Luis de Velasco e Ibarra, II Marqués de Salinas de Río Pisuerga y de Ana Osorio y Manrique, hermana de la III Marquesa de Velada, Constanza Osorio, madre don Pedro Antonio. Matrimonió por segunda vez, en esta ocasión con Ana María de Guzmán, Condesa de Saltes; y la tercera y última con María Pimentel, hija de los Condes-Duques de Benavente.

Fueron los hermanos del Marqués de Astorga: Bernardino Dávila, Capitán de la Guardia Española, que casó con su cuñada, Luisa Antonia de Velasco y Osorio, IV Marquesa de Salinas, desde 1634 en que sucedió a su hermana mayor. Sobrevivió a su esposa y falleció sin sucesión como Marqués viudo de Salinas. A la Marquesa le había sucedido, como quinta titular del marquesado de Salinas, su hermana Mariana de Velasco y Osorio. Fernando Dávila que casó con María Pacheco, hija de los condes de Añover, también murió sin descendencia. Y por último, Ana Dávila y Osorio, casada con Manuel Luis de Guzmán y Manrique de Zúñiga, IV Marqués de Villamanrique y Conde de Nieva y Saltes. A la muerte de sus hermanos recayeron todos los títulos de la Casa en doña Ana convirtiéndose, entre otros, en XI Marquesa de Astorga, V de Velada y III de San Román.

La vida de don Antonio transcurrió durante los reinados de Felipe IV y Carlos II, aunque su madurez política la alcanzó mediado el Seiscientos. Desde su juventud se había formado en la Casa del Rey y puesto que por tradición muchos de los miembros de su familia habían servido en la corte en oficios palatinos, se le concedió llave de gentilhombre de Cámara de Felipe IV. Posteriormente lo sería también de Carlos II, exhibiendo en sus numerosos retratos la llave dorada que le identificaba como tal. Su brillante cursus honorum, digno sucesor de su padre y de su abuelo, lo compendió el familiar del Santo Oficio Pedro de Avilés en sus Advertencias de vn político a sv Príncipe, observadas en el feliz gobierno del Excelentísimo señor D. Antonio Pedro Álvarez Osorio Gómez Dávila y Toledo, marqués de Astorga, virrey y capitán general del Reyno de Nápoles (Nápoles, 1673) -que dedica al sobrino Antonio de Guzmán. Al final del libro, como celebrado epílogo, acude el autor a enumerar las empresas en las que se distinguió con valor y sabiduría don Antonio Pedro. Así, confirma que en 1642 fue nombrado Capitán del Regimiento del Príncipe Baltasar Carlos cuando Felipe IV acudió al socorro de Cataluña. Poco tiempo después, según relata el mismo Pedro de Avilés «se siguió nombrarle Embaxador extraordinario de los príncipes, y Repúblicas de Italia con asistencia en Génoua, doblado el sueldo, y gastos secretos, que sus antecesores, y crecidas prerrogatiuas, y por motiuos, que tubo Su Majestad le mandó suspender el viaje, haciéndole merced de que goçase el sueldo en Madrid asta que se le mandasse partir, o se le ocupase». Finalmente fue nombrado Gobernador y Capitán General de Orán, donde sirvió por espacio de ocho años, «y hiço tan releuantes seruiçios como son notorios, y especialmente el de hauer dado 96 rotas al enemigo, y auer aprisionado en ellas 11 mil moros y muerto 13 mil, dejando aquellos cargos a su subcessor con ducientos mil alarbes a la obediencia de Su Majestad». Continua Avilés, «passó de allí por Virrey y Capitán General del Reyno de Nauarra, y a breues días se seruió Su Majestad de agregarle la de Capitán General de la Prouincia de Guipúzcoa y Esquadra Naual del Norte, en cuya ocasión le honró Su Majestad con dos plenipotencias para ajustar los cauos, que quedaron pendientes de la paz de Fuenterrabía».

En 1664 Felipe IV honró al Marqués de Astorga, nombrándole Virrey y Capitán General del reino de Valencia donde «ajustó las diferencias de la Ciudad con las villas de su contribución, y la total estirparzión de vandidos». En Valencia permaneció por un mandato de cuatro años, los estipulados para el cargo. Dejó el virreinato por la embajada española en Roma, para la que fue designado en 1667, ocupando la sede un mes antes del óbito del Papa Alejandro VII. Su labor diplomática se centró en conseguir una elección favorable a los intereses españoles. La elección de Giulio Rospigliosi como Clemente IX fue acogida en Madrid como un triunfo, aunque así también lo entendiera París. Como recompensa a sus esfuerzos, la Reina gobernadora Mariana de Austria le franqueó la entrada en el Consejo de Estado en 1669, aunque no llegara a tomar posesión del rango de consejero hasta un lustro más tarde. Al Marqués le sorprendió en breve tiempo la repentina muerte del sucesor de Pedro, apenas transcurridos dos años desde el comienzo de su pontificado.

Durante su embajada tuvo que lidiar con el delicado asunto que representó la llegada a Roma del desterrado Juan Everardo Nithard, antiguo privado de Mariana de Austria. A la ciudad del Tíber había llegado expulsado de España por orden de don Juan José de Austria, quien se había hecho cargo de la regencia. Allí Astorga presionó hasta conseguir apartarle al convento jesuita de Tívoli. Esta fue una de tantas ocasiones en las que pudo lucirse ante la corte sin embargo otras dieron lugar a discrepancias. De hecho su misión diplomática fue muy polémica y durante el tiempo que presidió la legación el Marqués recibió críticas muy severas desde Madrid por su actuación, a menudo caprichosa.

El Marqués de Villa-Urrutia, uno de los historiadores más críticos con su responsabilidad diplomática, le describe en El Palacio Barberini como «escaso de entendimiento y de voluntad, y tan excesivamente perezoso, que no solía escribir a su Gobierno más que en un breve despacho semanal». Según parece, y no era un rumor infundado, Astorga era muy aficionado a la belleza femenina, quizá en exceso, y muchas damas y otras que no eran tales acudían a la sede diplomática con inaudita frecuencia. Según afirma Villa-Urrutia, la Reina Cristina de Suecia -retirada en Roma tras su abdicación- llegó a tildarle de «necio contemplativo». Durante su embajada fue muy criticado tanto desde Madrid como en Roma por su excesivo intervencionismo -llegando incluso a prohibírsele por orden real que hiciera partícipe de los asuntos de estado a su confesor el jesuita González-, por la áspera conducta que exhibía con ciertos cardenales papables y por sus intrigas. La propia Reina regente, Mariana de Austria, llegó a amonestarle por haber incumplido sus instrucciones respecto a la neutralidad e indiferencia con la que debía gobernarse en la embajada. La elección del Cardenal Emilio Altieri, de quien Astorga tenía muy buena opinión, como Clemente X cogió desprevenido al Marqués que se enteró de la misma dos horas más tarde. Como quiera que lo consideró un triunfo personal, Astorga se arrogó el éxito diplomático ante la Reina, pese a que Francia hiciera lo propio. Satisfecha debió quedar doña Mariana al premiar a don Antonio con el preciado virreinato de Nápoles. Cuenta Pedro de Avilés, en sus Advertencias, que antes de partir le honró con «otra plenipotencia para tratar y concluir en Roma lo que después se efectuó en Aquisgrán». En Nápoles permaneció Astorga entre 1672 y 1675. De allí se trajo algunos cuadros de calidad que regaló a Carlos II y que se entregaron al monasterio de San Lorenzo de El Escorial para su ornato.

A su regreso comenzó a participar como consejero de estado de las principales cuestiones de relevancia. Su relación con el entonces valido de la Reina Mariana, Fernando Valenzuela, Marqués de Villasierra, le valió el desprecio de la mayoría de Grandes y títulos de Castilla que habían abandonado la corte descontentos con la elección regia. Permaneció en palacio, junto al Almirante y al Condestable de Castilla, Mayordomo Mayor y Caballerizo Mayor del Rey, respectivamente, y al Marqués de Mondéjar, acompañando a Carlos II en varias celebraciones. Al Marqués de Astorga se le llegó a llamar despectivamente Juan Rana, alias de Cosme Pérez, celebrado comediante, protegido de la familia real. Tras la caída en desgracia de Villasierra, y quizás por ser fácil de acomodar, se avino bien con don Juan José de Austria, durante su breve gobierno. Lo mismo volvería a hacer cuando su sobrino el Duque de Medinaceli, Juan Tomás de la Cerda, asumió el poder como primer ministro.

Como miembro del Consejo de Estado, desde 1669, tomó parte activa en las numerosas sesiones que desde 1676 se convocaron para hallar esposa al Rey, encargo personal de Mariana de Austria. Astorga fue partidario, como el Condestable y el Almirante de Castilla, el duque de Osuna y el Conde de Villahumbrosa, de la elección de la Archiduquesa María Antonia de Austria, nieta de la Reina viuda. Sin embargo terminó por descartarse a la candidata por la abrumadora diferencia de edad entre los contrayentes. Finalmente, y tras desestimarse otras posibilidades, en la sesión de 11 de enero de 1679, el Consejo, con voto unánime, eligió a la Princesa Maria Luisa de Orleáns como futura soberana.

La organización de la Casa de la flamante Reina provocó gran expectativa pues eran muchos los aristócratas que ambicionaban un oficio significado en ella. De entre todos fue Astorga el mayor beneficiado recayendo en él la mayordomía mayor. La célebre Madame D´Aulnoy en su Relación del viaje a España (1679), escrita a propósito de la llegada a España de la Reina María Luisa de Orleans, afirmaba que don Juan José de Austria tuvo la intención original de hacer recaer el principal oficio de la Casa en Vincenzo Gonzaga aunque finalmente prefiriese a Astorga por las inmensas riquezas que dice trajo de Nápoles y que le ofreció obsequioso. Sea como fuere Astorga fue designado para tan alta dignidad con la aprobación de la Reina Mariana. A tal fin se preparó para recibir a la Reina marchando hacia la frontera francesa con impresionante comitiva. La entrega de Maria Luisa de Orleans a Astorga tuvo lugar en San Juan de Luz, el 3 de noviembre de 1679. El Marqués de Villars, embajador de Luis XIV, que acompañaba a la flamante Reina de España, dejó testimonio de la opinión que le mereció Astorga, sin duda desfavorable, al tacharle de «hombre de capacidad ordinaria».Durante las jornadas posteriores a la llegada a España de María Luisa de Orleans un asunto de precedencias enfrentó a Astorga con el Duque de Osuna, Caballerizo Mayor de la Reina, cuando ésta se disponía a pasear a caballo. La ocasión, sin duda agria, de la que se apresuró Astorga a informar a Carlos II, provocó el destierro de Osuna y el cese inmediato en su oficio. Fue quizá la mejor confirmación de la notable autoridad alcanzada con su nueva responsabilidad.

La perspicaz cronista francesa, hábil observadora, no descuidó la amistad con Astorga, a quien parece llegó a conocer hasta el punto de ofrecernos unos acerados comentarios. Afirmaba Madame D´Aulnoy que el Marqués de Astorga gustaba de llevar unos grandes anteojos y que incluso había ordenado ponérselos a un busto de mármol que le hicieron durante su virreinato en Nápoles. La dama aseguraba que el Marqués lucía grandes gafas «no sólo por la gravedad, sino porque es viejo y tiene necesidad de ellas». Símbolo de inteligencia y distinción en aquel entonces, Astorga se había hecho retratar siempre con ellas. Así aparece en varios retratos -en sus numerosas modalidades, lienzo, grabado y medalla. Curiosamente su padre, el III Marqués de Velada, también los lució gran parte de su vida y, al igual que su hijo, los porta con elegancia en un retrato ecuestre en el que aparece como maestre de campo general en Flandes, aferrada en su mano derecha la bengala de jefe militar.

El retrato, sin duda exagerado, que ofrece de don Antonio la baronesa D´Aulnoy contribuye a evocar la imagen más tragicómica del barroquismo hispano: «El Marqués de Astorga, de la Casa de Osorio, había sido uno de los hombres más galanes que soñarse puede, y no obstante sus sesenta y ocho años cumplidos, lo seguía siendo. De carácter alegre, hablaba mucho y muy bien de todo, y era gran chambelán [mayordomo mayor] de la joven reina. Su mujer, que sentía celos furiosos de una joven de admirable belleza, de la que estaba enamoradísimo, acudió a casa de su rival muy bien acompañada y después de haberla matado, le arrancó el corazón, con el que mandó hacer un estofado. Después de habérselo hecho comer a su marido, le preguntó si le había parecido bueno, y como él contestase afirmativamente, dijo: No me extraña, es el corazón de la mujer que tanto has querido. Y a renglón seguido sacó la ensangrentada cabeza que tenía oculta y la hizo rodar por encima de la mesa en que estaba sentado con varios amigos. Fácil es comprender lo que fue de tan funesta mujer y lo que siguió a escena tan terrible. La esposa del Marqués se encerró en un convento, donde enloqueció de celos y de rabia, y no volvió a salir de él. La desesperación del Marqués fue tan grande que se temió por su vida. Su fortuna era inmensa».

Astorga desempeñó su responsabilidad como Mayordomo Mayor hasta la muerte de la Reina, acaecida el 12 de febrero de 1689. Apenas dos semanas sobrevivió a su soberana pues le sobrevino la muerte en Madrid el 27 del mismo mes.

S. MARTÍNEZ HERNÁNDEZ

Ilustración: Retrato, por Pietro Ronchi. Oleo sobre lienzo. Galleria Nazionale di Parma. Fotografía en L. FORNARI SCHIANCHI (ed.), Galleria Nazionale si Parma. Catalogo delle opere. Il Seicento, Milán, Franco Maria Ricci, 1999, p. 150, nº. 575.
BIBL.: P. de AVILÉS, Advertencias de vn político a sv Príncipe, observadas en el feliz gobierno del Excelentísimo señor D. Antonio Pedro Álvarez Osorio Gómez Dávila y Toledo, marqués de Astorga, virrey y capitán general del Reyno de Nápoles, Nápoles, 1673; J. de BARRIONUEVO , Avisos (1654-1658) y apéndice anónimo de 1660 a 1664, edición al cuidado de Antonio Paz y Meliá, Madrid, Imprenta y fundición M. Tello, 1892-1894, 4 vols; W. RAMÍREZ DE VILLAURRUTIA Y VILLAURRUTIA, MARQUÉS DE VILLA-URRUTIA, El Palacio Barberini. Recuerdos de España en Roma, Madrid, Francisco Beltrán, 1919; F. RUIZ DE ARANA OSORIO DE MOSCOSO, MARQUÉS DE VELADA, Noticias y documentos de algunos Dávila, señores y marqueses de Velada, Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, 1923; L. PFANDL, Carlos II, Madrid, Afrodisio Aguado, 1947; G. MAURA GAMAZO, CONDE DE LA MORTERA, Vida y reinado de Carlos II, prólogo de Pere Gimferrer, apéndice de ilustraciones a cargo de Juan J. Luna, Madrid, Aguilar, 1990; J. GASCÓN DE TORQUEMADA, , Gaçeta y nuevas de la corte de España desde el año 1600 en adelante, edición a cargo de Alfonso de Cevallos-Escalera y Gila, Marqués de la Floresta, Madrid, Real Academia Matritense de Heráldica y Genealogía, 1991; L. FORNARI SCHIANCHI (ed.), Galleria Nazionale si Parma. Catalogo delle opere. Il Seicento, Milán, Franco Maria Ricci, 1999; Viajes de extranjeros por España y Portugal desde los tiempos más remotos hasta comienzos del siglo XX, recopilación, traducción, introducción al siglo XVIII y notas a cargo de J. García Mercadal, s.l., Junta de Castilla y León, 1999; A. ANSELMI, Il Palazzo dell´Ambasciata di Spagna presso la Santa Sede, S.l., Edizioni de Luca, s.a.; A. ÁLVAREZ-OSSORIO ALVARIÑO, “Ceremonial de la majestad y protesta aristocrática. La Capilla Real en la corte de Carlos II”, en Juan José Carreras y Bernardo José García García (eds), La Capilla Real de los Austrias. Música y ritual de corte en la Europa moderna, Madrid, Fundación Carlos de Amberes, 2001, pp. 345-410.


Manuel Osorio niño (Goya)
 

Infante Cardenal Luis Antonio de Borbón (Colección Lázaro Galdeano)

Infante Luis de Borbón niño
 


DE GUZMÁN Y OSORIO DE MOSCOSO, DON MELCHOR

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Marqués de Astorga, de Ayamonte y de Velada, Conde de Nieva, embelleció el Palacio de Velada al Gusto de finales del siglo XVII, convirtiéndose más cómodo y rico, siendo la residencia preferida de su esposa Doña María Ana Fernández de Córdoba y Figueroa, falleció en el Palacio y fue sepultada en el convento de franciscanos de esta Villa el 22 de Octubre de 1711.

   

 

OSORIO DE MOSCOSO DÁVILA Y FELIPEZ DE GUZMÁN Y MENDOZA, DON BUENAVENTURA
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Marqués de Velada, de Astorga, de Leganes, de Villamanrique, de Ayamonte, casó con Doña Ventura Francisca Fernández de Córdoba y Fernández de Córdoba y Aragón, heredera de los ducados de Sessa, Somma, Baena Terranova, San Angelo y de los condados de Cabra, Palamós y un largo etcétera. Mantenían una estrecha amistad con el Infante don Luis Antonio de Borbón; su repentina muerte el 6 de enero de 1776, no impediría que su hijo don Ventura Osorio de Moscoso y Fernández de Córdoba, casado con doña María de la Concepción de Guzmán Velez Ladrón de Guevara y Fernández de Córdoba Spínola de la Cerda, mantuviera buenas relaciones con el hermano del Rey, cediendo su Palacio y propiedades en Velada para su retiro de la corte.

Enviaban a su mayordomo Bernardo de Ugarte en julio de 1733 instrucciones precisas sobre las reparaciones urgentes que habían de acometerse en el Palacio, casas, jardines y otras propiedades de Velada.
Plantando árboles de naranjos, limoneros y limas completando de forma simétrica, recuperando “ los quadros con las Armas de mis Casas” y las canalizaciones de agua al gusto del siglo XVIII.


Condesa de Altamira y
su hija María Agustina (Goya)

 

 

OSORIO DE MOSCOSO Y GUZMÁN, DON VICENTE JOAQUÍN
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Don Vicente Joaquín Osorio de Moscoso y Guzmán Fernández de Córdoba y de la Cerda, Marqués de Astorga y de Velada era entre otros cargos, consejero del Banco de San Carlos, actual Banco de España, consejero de Estado, Gran Cruz de Carlos III.

Desempeño numerosos cargos, siendo una de las personas más ricas de su época. Alférez mayor de Castilla y de la Villa de Madrid, académico de San Fernando en 1796, era quien poseía más títulos de nobleza en su tiempo, 12 grandezas de España.

Poseedor de una colección pictórica sólo comparable a la de la Casa Real, la abuela del Conde, camarera mayor de Isabel de Farnesio, representó a los padrinos, la Reina viuda Doña Mariana de Neoburgo y el Duque de Parma, en el bautizo del futuro Carlos III, nacido en 1716.

Entregado por sus padres al Infante don Luis Antonio y su familia, el Palacio de Velada, lo recupera después por su hijo, quien recibió a Luis María de Borbón y Vallabriga en su entrada oficial, en la sede de su nueva diócesis de Toledo, febrero del año 1801.

Era uno de los hombres más bajitos de su tiempo, Lord Holland dijo de él “hombre más pequeño que he visto nunca en sociedad.

Casado primero, con Doña María Ignacia Alvarez de Toledo y Gonzaga Caracciolo, hija de los Marqueses de Villafranca del Bierzo y Duques de Fernandina y de Medina Sidonia, cuñada de María Teresa Cayetana de Silva, Duquesa de Alba, Goya la retrató sentada con su hija María Agustina, y de segundas nupcias con Doña María Magdalena Fernández de Córdoba y Ponce de León, hija de los Marqueses de la Puebla de los Infantes.

Su hijo Don Vicente Isabel Osorio de Moscoso y Alvarez de Toledo, fue Presidente en funciones y Vicepresidente de la Junta Suprema y Gubernativa del Reino 1808 al 1810, casado con Doña María del Carmen Ponce de León y Carvajal.

El Conde de Altamira murió en su palacio de Madrid en 1816. Este magnifico Palacio neoclásico tiene una curiosa historia; mandado construir a Ventura Rodríguez, sin reparar en gastos, fue diseñado con tal lujo de detalles que hasta el mismo Carlos III se sintió celoso de su magnificencia y temiendo que pudiera superar en categoría al propio Palacio Real, mandó parar las obras. Actualmente se conserva sólo una pequeña parte de aquel suntuoso edificio en la calle de la Flor Alta de Madrid, detrás de la Gran Vía, en un estado de total abandono.

 


Vicente Osorio de Moscoso (Goya)

 

OSORIO DE MOSCOSO Y PONCE DE LEÓN, DON VICENTE PÍO
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Cinco veces Grande de España, Conde de Altamira, Duque de Atrisco, de Montemar y de Sessa, Marqués de Almazán, de Astorga, de Ayamonte, de Castromonte, de Elche, de Leganés, etc. .Gran Almirante hereditario de Nápoles, casó con Doña María Luisa de Carvajal y Queralt, hija mayor de los Duques de San Carlos, Condes de Castillejo.

Se decía de él,” que con el brillo de sus honores, avergüenzan la luz del sol y con el peso de sus condecoraciones, detener su marcha”.

En 1842, el Conde vendió a Don Andrés de Arango el palacio de Velada, sus caballerizas, los jardines, fuentes, estanque y huertas adyacentes por 16.000 reales.

Falleció en 1864 y esta enterrado en la Parroquia de San Martín de Madrid.

 

 


Conde de Altamira(Goya)

OSORIO DE MOSCOSO Y CARVAJAL, DON JOSÉ MARÍA
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Marqués de Astorga y Velada, Duque de Sessa, de Montemar y de Maqueda, Conde de Altamira, de Cabra y de Trastamara, Vizconde de Iznájar. Caballero del Toison de Oro. Casó con S.A.R. la Infanta de España y Princesa de Las Dos Sicilias, Doña Luisa Teresa de Borbón y Borbón Dos Sicilias, nacida en el Palacio Real de Aranjuez, dama de la Orden de María Luisa, de la Cruz Estrellada de Austria y de la Orden de Santa Isabel. Siendo sus padrinos de boda SS.MM. los Reyes Doña Isabel II y Don Francisco de Asís.

Los restos del Marqués reposan en Cabra y los de la Marquesa en el Panteón de Infantes del Monasterio del Escorial.

M. GIL BECERRA

 

 

DE BORBÓN Y FARNESIO, EL INFANTE DON LUIS ANTONIO (1727-1785)
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Nacido Infante de España por la Gracia de Dios, Cardenal Diácono de la Santa Romana Iglesia del Título de Santa María de la Scala. Arzobispo Comendador y Dispensador en lo espiritual y temporal de la Iglesia de Toledo, Primada de las Españas y de la metropolitana de Sevilla, Canciller Mayor de Castilla, Arzobispo de Sevilla, XIII Conde de Chinchón. Caballero de la Orden de Santiago y Caballero de las Insignes Órdenes del Toisón de Oro, Sancti Spiritus y Real de San Genaro.


El Infante don Luis Antonio Jaime nació el 25 de julio de 1727 en el palacio del Buen Retiro de Madrid. Era el sexto hijo de los Reyes de España, Felipe V e Isabel de Farnesio, aunque para su padre era el décimo, pues había estado casado en primeras nupcias con María Luisa Gabriela de Saboya que le había dado cuatro hijos varones, de los que habían sobrevivido dos: Luis y Fernando. Luis había sido rey de España, tras la abdicación de Felipe V en una de sus depresiones, en el reinado más corto de la historia de la monarquía española, a los siete meses de ceñir la corona unas viruelas se lo llevaron a la tumba.


De nuevo Felipe V volvía a reinar, con gran esfuerzo y mucha desgana. Al morir su primera esposa, el rey contrajo matrimonio con Isabel de Farnesio, que cumplía perfectamente con su misión de dar hijos a la corona. Al nuevo hijo de los reyes le bautizaron con el nombre de Luis -en recuerdo de su hermano fallecido- Antonio Jaime.
Luis Antonio pasó sus primeros años al cuidado de las mujeres, conforme marcaban las reales costumbres. Al cumplir los siete años se le puso cuarto aparte y pasó a ser asistido por los hombres de su cámara, siendo su ayo Aníbal Scotti. Durante esos años aprendió geografía, historia, religión, música, dibujo, francés, italiano, castellano y todo cuanto debía de saber un Infante de la época. De carácter tímido e introvertido, sus grandes aficiones fueron la música, el coleccionismo, las ciencias naturales y la caza.


Isabel de Farnesio, mujer de gran ambición, había conseguido "situar" a sus hijos mayores, al príncipe Carlos como rey de Nápoles y Sicilia (después sería Carlos III de España, al morir sus dos hermanastros Luis y Fernando sin descendencia) y para el príncipe Felipe los ducados italianos de Parma y de Toscana. Sus tres hermanas casarían con reyes. Pero para Luis Antonio no quedaba trono libre. En 1734 murió el cardenal y arzobispo de Toledo Diego de Astorga y Céspedes y la reina vio claro el futuro el menor de sus varones: sería la máxima autoridad eclesiástica en España, ya que lo más parecido a una corona era una mitra, que además de gran poder ofrecía unas sustanciosas rentas para el interesado. Felipe V mostró al Papa su deseo de que el arzobispado pasara al Infante, que sólo tenía siete años. Clemente XII puso obstáculos, arguyendo la escasa edad del Infante, pero después de tensas y largas negociaciones se conseguía el objetivo. El 10 de noviembre de 1735 nombra a Luis Antonio administrador del Arzobispado de Toledo y poco después le concede el capelo cardenalicio como Cardenal-Diácono de la Santa Romana Iglesia de Santa María de la Scala.


Seis años después, en 1741 Luis Antonio es investido también Arzobispo de Sevilla. El estatus que alcanzaba Luis Antonio y sus cuantiosos beneficios económicos eran elevadísimos; su madre estaba muy satisfecha. Pero la vida del niño no había sufrido cambios con estos nombramientos, seguía residiendo en la corte mientras sus administradores se hacían cargo de las dos sedes arzobispales, hasta su mayoría de edad.


En 1746 muere el rey Felipe V y le sucede en el trono el segundo hijo de su primera esposa, Fernando VI. El Infante y sus hermanas son enviados junto a su madre al palacio de La Granja, en un retiro forzoso, pues ésta nunca había mostrado el más mínimo afecto por sus hijastros y ahora Fernando, ya rey, aprovechaba para deshacerse de ella alejándola de la corte. El Infante Luis había tenido una relación con su hermanastro si no estrecha por lo menos cordial y le visitaba con frecuencia en la corte de Madrid o en el Real Sitio en que estuviera la nueva familia real, Fernando VI y su esposa Bárbara de Braganza.


El Infante don Luis en 1754 toma una de las grandes decisiones de su vida. No sentía ninguna vocación por la vida religiosa, ni siquiera se había ordenado sacerdote y grandes dudas empiezan a atormentar su conciencia, pero al fin su honestidad pesa más que su ambición y decide renunciar a sus cargos. Se lo comunica al rey, que le contesta con comprensión y al Papa, que acepta su renuncia y le concede una pensión vitalicia anual sobre las rentas del Arzobispado de Toledo. La vida del Infante sigue como hasta entonces repartida entre La Granja y las visitas a su hermano.


En 1758 la reina Bárbara de Braganza muere tras una penosísima enfermedad, dejando al rey sumido en un profundo dolor y sin hijos que puedan sucederle en el trono. Fernando se retira al castillo de Villaviciosa de Odón y llama al Infante Luis para que le acompañe en su dolor. El rey comienza a dar síntomas de locura, al igual que su padre y los médicos se ven incapaces de curar sus males, que son más del espíritu que del cuerpo. El Infante permanece con él, pasando uno de los episodios más tristes y duros de su vida que le hacen también caer enfermo.


Un año sobrevive Fernando a su amada esposa; el 10 de agosto de 1759 muere, nombrando sucesor al trono a su hermano Carlos, que vivía en Nápoles siendo rey de las Dos Sicilias.


La alegría de la vieja reina Farnesio es indescriptible, pues de forma tan inesperada, ve sentarse en el trono de España a su primogénito Carlos. Aunque está casi ciega y con las facultades físicas muy mermadas, se traslada a Madrid para recibirle. Emotivos momentos debieron vivir la reina y Luis en el encuentro familiar con Carlos al que hacía veintisiete años que no veían y por fin conocer a sus hijos a los que sólo habían visto en retratos. Una vida nueva comienza para todos que permanecen juntos en la Palacio del Buen Retiro de Madrid.


Pero un problema rondaba por la cabeza del nuevo rey, Carlos III, un pequeño conflicto dinástico se le presentaba. Según la Ley de Sucesión dictada por su padre Felipe V, ningún hijo suyo tenía derecho a reinar por haber nacido y sido educados fuera de España. Aunque él obvió esta ley y nombró inmediatamente Príncipe de Asturias a su hijo Carlos, de once años de edad, sabía que el legítimo sucesor era su hermano el Infante don Luis, aunque éste no había dado ninguna muestra de pretensión al trono.


Los dos hermanos compartían cacerías y entretenimientos, les unía la gran afición al arte y al Infante don Luis le fascinaban las conversaciones que tenía con Carlos, en las que le contaba sus experiencias en Italia, cuna indiscutible del arte, los descubrimientos de Pompeya y Herculano, las ruinas romanas, las importantes construcciones que había hecho en Nápoles… Más aún cuando un año después de su llegada a España, su amada esposa la reina María Amalia, moría. El rey Carlos enamorado, siempre había sido fiel y lo seguiría siendo después de su muerte. Ya habían cumplido con creces la obligación de tener hijos, habían tenido once y no se sentía con ánimo de contraer matrimonio de nuevo. Pero la situación del Infante era distinta; había renunciado a sus cargos eclesiásticos y cumplido su papel de "acompañante" familiar siempre que se le había requerido, primero con su madre, luego con el rey Fernando y ahora con Carlos y ya tenía ganas de formar su propia familia, por lo que le pide permiso al rey para contraer matrimonio, pero para éste es un asunto espinoso del que no quiere ni oír hablar. Luis Antonio, mientras tanto, comienza a formar su propio patrimonio. En 1761 compra a su hermano Felipe el condado de Chinchón y el señorío de Boadilla en el que se construyó el palacio diseñado por Ventura Rodríguez. Comienza a reunir una importante pinacoteca y vastas colecciones de muebles, libros, relojes y varios objetos. El Infante tuvo algunas aventuras amorosas que se convirtieron en escándalo para su casto hermano Carlos, que le recriminaba duramente sus relaciones con muchachas plebeyas como Mariquita García y Antonia Rodríguez. Luis aprovechaba los momentos de ira del rey para reivindicar, siempre lo mismo, su derecho al matrimonio, que acabaría además con este tipo de aventuras. Pero el rey implacable, no cedía.


Después de muchas presiones del Infante, Carlos III ya no tiene más argumentos que dar para negar su consentimiento a que se case, pero antes de darlo y para proteger los intereses de sus propios hijos, dictó unas disposiciones sobre matrimonios desiguales y su descendencia, recogidas en la Real Pragmática de 1776, aunque intentó que fuera de carácter general, lo que dejaba bien claro la difícil situación en la que se encontraría su hermano si contraía matrimonio. Lo primero que ordenaba era que ningún Infante podría contraer matrimonio sin permiso del rey o perdería los derechos sucesorios. Si el matrimonio fuera con persona desigual, ésta y sus descendientes quedarían privados de los títulos, honores y prerrogativas que le conceden las leyes de este reino. Tampoco podrán utilizar los apellidos y armas de la Casa de cuya sucesión queden privados.


Bien atados los cabos para que su hermano, de una manera o de otra, quedara apartado de la sucesión, le concede por fin el permiso para casarse, expresando claramente sus condiciones:
"No permitiendo las circunstancias actuales el proporcionar matrimonio al Infante don Luis mi hermano con persona igual a su alta esfera… Vengo a concederle permiso para que pueda contraer matrimonio de conciencia, esto es, con persona desigual, según él me lo ha pedido…". El Infante don Luis no discutió los términos de la pragmática, no puso objeciones para tomar por esposa a una mujer que no fuera de su rango. Ni siquiera se sintió humillado por las condiciones de su hermano. Él sólo quería casarse y formar una familia feliz, cuanto antes, pues ya tenía cuarenta y nueve años. La elegida fue María Teresa de Vallabriga y Rozas, una joven zaragozana, treinta y dos años más joven que él, guapa y sana que prometía darle hijos. Al rey le pareció bien la elección, pero aún le quedaban condiciones que poner: la boda se celebraría lejos de la corte y no asistiría ningún miembro de la familia real, el matrimonio viviría a veinte leguas de la corte, a la que don Luis podría acercarse cuando al rey le pareciera oportuno, pero la esposa no. El Infante sólo utilizaría el título de Conde de Chinchón y los hijos que tuviera el matrimonio no utilizarían el apellido Borbón, sino el materno.


El Infante pese a todo, y aunque resignado también estaba entusiasmado por su boda, regaló a su joven esposa muchas y valiosas joyas. Por fin, el 27 de junio de 1776 se celebraba la boda en Olías del Rey, en la capilla de la Duquesa de Fernandina. De allí se trasladaron a Velada (Toledo), donde los marqueses de Altamira les cedieron su palacio. Después irían a Cadalso de los Vidrios, en el palacio de Villena, donde nació su primer hijo, Luis María, el 22 de mayo de 1777.


Un año después volvieron al Palacio de Velada, alternando sus estancias con Arenas de San Pedro, donde se construyeron el hermoso e inacabado Palacio de la Mosquera. Se rodearon de artistas, músicos y una numerosa servidumbre. El 26 de noviembre de 1780 nació su segunda hija María Teresa Josefa y tres años después la pequeña María Luisa Fernanda, ambas en Velada. Todos los hijos fueron inscritos con el primer apellido de la madre Vallabriga y Borbón, como había ordenado el rey.


Don Luis acudía de vez en cuando a la corte, pero siempre iba sólo, ya que no podían ser recibidos ni su esposa ni sus hijos.


El Infante pasaba sus horas entre la caza y su gran dedicación a los libros, sus colecciones y aficiones artísticas y científicas, pues fue una de las personas reales más cultas e interesadas por las artes del siglo XVIII. En aquella época conoció al todavía poco afamado pintor Francisco de Goya, con el que entabló una buena relación amistosa, le invitó a pasar dos veranos en su palacio y le encargó numerosos cuadros de él y su familia. Luis Antonio quedó impresionado por los retratos y además de pagarle muy bien por su trabajo, se encargó de promocionarlo entre la aristocracia madrileña y los ilustrados de la época. Goya, agradecido, tuvo mucho cariño y reconocimiento al Infante y escribió a su amigo Zapater: "estos señores son unos ángeles". Unos años después conseguiría ser pintor del rey con un sueldo anual muy importante.


En 1785 el Infante se desplazó a la Corte para asistir a las bodas de los Infantes Carlota Joaquina y Gabriel, con príncipes portugueses. Fue su último viaje. Al regresar cayó gravemente enfermo y nada parecía mejorar su lamentable estado de salud, ni los cuidados de sus médicos, ni las dietas alimenticias.


El 5 de agosto recibe la Extremaunción y escribe estas patéticas letras al rey:

"Hermano de mi alma me acaban de sacramentar, te pido por el lance en que estoy que cuides de mi mujer y de mis Hijos y de mis pobres criados y adiós".


Dos días después, el 7 de agosto de 1785, a las seis menos cuarto de la mañana, entregaba su alma a Dios. Su hermano Carlos le contestaba, el mismo día de su muerte, con una cariñosa carta que ya don Luis no pudo leer y que quizá le hubiera tranquilizado:
" ... hermano de mi vida, de mi corazón; Bien sabes el amor que te tengo y así puedes imaginarte la aflicción que me causa el mal estado de tu salud... en cuanto a tus cosas yo pensaré y no estando para más acabo abrazándote mil millones de veces de todo mi corazón...".


Pero esta debilidad del rey no iba a durar mucho. No respetó el deseo de su hermano de ser enterrado en la capilla del palacio de Boadilla o Chinchón. Ordenó que se le diese sepultura en el Santuario de San Pedro de Alcántara, en Arenas de San Pedro. El rey decretó luto en la corte por tres meses, pero ni siquiera había ido a visitarle en su lecho de muerte ni asistió a su entierro, a pesar de que el cadáver del Infante estuvo cinco días de cuerpo presente, a la espera de las órdenes del rey.


De esta forma tan fría, Carlos III cerraba el capítulo de su vida que más problemas de conciencia le había causado. Por fin desaparecía el que había sido su hermano más amado y también inexplicablemente el más temido.


Años después, el 1 de junio de 1800, su sobrino Carlos IV, ya rey de España, firmó un decreto en el que daba las órdenes oportunas para que el cuerpo de Luis Antonio fuese trasladado al Panteón de Infantes del Monasterio del Escorial, donde le correspondía por derecho de nacimiento. Fue enterrado con todos los honores. Sobre su tumba, señalada con su nombre y el escudo Borbón, se lee este simple epitafio:

"LUDOVICUS, Philippi V Filius"
y en el frontal del sepulcro, ornado de guirnaldas:
"AEDIFICAVIT ALTARE DOMINO".

Extraído de www.amigospalacio.org


Don Luis de Borbón y Farnesio

 


Familia del Infante (Goya)

Clemente XII

Isabel de Farnesio (Flipart)

 

DE VALLABRIGA Y ROZAS, MARÍA TERESA (1759-1820)
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Doña María Teresa de Vallabriga y Rozas Español y Drummont de Melfort, nació en Zaragoza el 6 de noviembre de 1759.


Hija del capitán de Caballeria don José Ignacio de Vallabriga y Español, de la nobleza de Aragón y de doña María Josefa de Rozas y Drummont de Melfort, cuarta condesa de Castelblanco y condesa viuda de Torres Secas de donde viene la relación con los marqueses de San Leonardo. Su hermano Luis fue Teniente General de Marina y amigo de Francisco de Goya.


Los abuelos maternos de María Teresa fueron don José de Rozas, duque de San Andres, conde de Castelblanco y Lady Francisca Drummond y Wallace, hija del duque de Melfort, Lord John Drummond y de su esposa Lady Eufemy Wallace, descendientes de las casas reales de Escocia, Inglaterra y ducal de Sajonia.


En 1773 al morir su madre, ella y su hermana menor María Ana son trasladadas a Madrid para vivir con sus tíos los marqueses de San Leonardo, que al no tener hijos se hicieron cargo de ellas con todos los derechos de padres. Las niñas fueron educadas en un ambiente refinado y aristócrata. A los dieciséis años fue ofrecida en matrimonio al Infante don Luis, y aceptada por él por reunir las condiciones que exigía la Real Pragmática del rey.


Al parecer, el Infante había conocido a María Teresa en La Granja de San Ildefonso, donde su tío, como caballerizo de Carlos III, solía ir con su familia. En carta a su hermano el Marqués de San Leonardo le explica las noticias referentes a la boda de su sobrina y le dice que ni él ni su mujer han tenido que ver nada en el asunto y añade que la fama de su buena cara, buena índole, sumo recogimiento, mucha inocencia y grande educación la han acarreado su fortuna.


En la petición de mano el novio le regaló un clavel de rubíes, diamantes y esmeraldas muy rico y bien trabajado. Y en las capitulaciones matrimoniales, firmadas en Aranjuez, el Infante le asigna "para Alfileres" cien doblones de oro cada mes y si quedara viuda, para alimentos, doce mil ducados al año.


Se celebra el matrimonio morganático el 27 de junio de 1776 en el oratorio del palacio de la Duquesa de Ferdinanda en Olías del Rey, Toledo, en una sencilla ceremonia, Boccherini compuso una brillante serenata. Tenía don Luis cuarenta y nueve años y María Teresa estaba a punto de cumplir los diecisiete. La felicidad del Infante era inmensa y llenó de regalos a su nueva esposa, un aderezo de brillantes, un reloj, un aderezo grande de la reina madre -valorado en dos millones de pesos-, doce palomitas con sus doce palomitos de brillantes, el aderezo de boda, los pendientes, la cruz y demás piezas y le dio dos millones de pesos para que regalase a su padre lo que ella quisiera.


A partir de entonces su vida matrimonial ya la conocemos por la del Infante. Aunque es de suponer que la jovencísima María Teresa no fuera tan feliz como lo pudo ser don Luis. Ella quizá esperaba una vida social más activa, más acorde al rango de un Infante de España, estaba bien situada económicamente pero muy limitada en sus posibilidades. La vida que se le ofrecía era tranquila y acomodada pero también aburrida y monótona en pueblos demasiado alejados de la bulliciosa corte; al fin y al cabo era un destierro, con la sola distracción de la naturaleza y la compañía de sus cortesanos. Lo que para el Infante era suficiente pues ya había vivido lo suyo, para la jovencísima María Teresa resultó un encierro.


Si tenemos en cuenta la correspondencia que mantiene el confesor del Infante Fray Urbano de los Arcos con Floridablanca, Secretario del rey, descubrimos una rocambolesca historia negra de María Teresa. Al parecer su carácter fuerte unido a la situación descrita hacen que la relación del matrimonio sea un infierno para el hostigado Infante, que débil de carácter y ya enfermo se deja manejar e intimidar por su orgullosa esposa. El cura denuncia que ésta le maltrata y le humilla incluso públicamente. Al parecer había habido algún conflicto entre el Infante y su secretario Juan Miguel Aristia, que también había denunciado el comportamiento de María Teresa.


Fueron padres de cuatro hijos, aunque el segundo murió a los pocos meses de nacer. Y cuando estos niños que fueron la alegría de sus padres empezaban a vivir, el Infante sufrió una enfermedad fatal que acabó con su vida, lo que iba a ocasionar un gran cambio para toda la familia.


Por orden de Carlos III, los niños fueron separados de su madre y entregados para su educación al Cardenal Lorenzana. Aunque para María Teresa fue un durísimo golpe no mostró oposición a la decisión real pues entendía que para los niños era bueno que el rey se hiciera cargo y por otro lado debió pensar que de nada serviría enfrentarse al rey. Por el contrario, si se mostraba complaciente, probablemente el rey sería condescendiente con ella. Pero en eso se equivocó. Quedó confinada en su palacio de Arenas, al año siguiente consiguió permiso de Carlos III, establecerse en el Palacio de Velada. Las sospechas de sus amoríos con el joven Francisco del Campo, que ya en vida del Infante se rumoreaban, se hacen de nuevo patentes cuando al año de haber quedado viuda, el alcalde de Arenas escribe a Floridablanca hablándole del "notorio afecto" entre ambos, siendo un escándalo para todo el pueblo. La respuesta es contundente; se ordena al joven que vaya a Madrid de inmediato para incorporarse a un nuevo puesto. Nunca más se volvieron a ver. Curiosamente Francisco del Campo, era hermano de Marcos del Campo, cuñado del pintor Francisco de Goya.


No le permitió ni siquiera visitar a sus hijos hasta siete años después, en que muere el rey y le sucede en el trono su hijo Carlos IV, El nuevo rey más benévolo que su padre contesta a sus misivas concediéndole el establecerse libremente en cualquier provincia y además le aumenta su pensión de viudedad. Lo primero que hace María Teresa es visitar a sus hijos en Toledo y emprender su viaje a Zaragoza, allí compra a sus hermanos la casa que fue de su padre y poco después el palacio de Zaporta, donde se instala. Lleva con ella gran parte de las pertenencias que le habían correspondido en el testamento de su esposo, entre ellas una importantísima colección de 159 obras, entre cuadros y grabados, de primerísimas firmas.


En 1797 recibe la noticia de la boda de su hija mayor con Manuel Godoy, Príncipe de la Paz, en cuyas capitulaciones matrimoniales se restablecían los derechos de ella y sus hijos y poco después también tuvo la satisfacción de saber que su único hijo varón era consagrado Obispo de Toledo y Arzobispo de Sevilla. Su hija pequeña María Luisa se va a residir con ella a Zaragoza. Pasan unos años hasta que estalla la Guerra de la Independencia y María Teresa y su hija se refugian en Mallorca hasta 1814 que regresan.


El 26 de febrero de 1820 la que había sido esposa del Infante don Luis de Borbón muere, siendo enterrada en la cripta de la Basílica del Pilar, con los honores de persona regia.